
Atraparé en tu memoria
los rostros de cada noche
cada luna que mengüe
cada eclipse
sin fauces oscuras
ni demonios.

Italo Calvino
Descubrí que soy madura, y no por la edad que traigo encima de mis rodillas, ni por los fantasmas que han desaparecido hace años entre tanta ropa talla 32 que guardo en mi closets. Tampoco es por la charla que tuve ayer con ésa persona que me observaba inquisidora frente a mi espejo ovalado. No, ella, —la del espejo— y yo, hemos estado de acuerdo en cambiar de aspecto si tantas lunas así lo deciden, y hasta nos hemos reído juntas cuando descubrimos una nueva línea de expresión entre los ojos que compartimos; o por debajo de ellos.
Nada de lo anterior me hizo estar segura de mi madurez como hoy, cuando vi en el crucero a ésas mujeres que reían, mientras se secaban el agua que un vehículo les lanzó con su limpia parabrisas, en el momento que ellas intentaban lavarlo a cambio de unas cuántas monedas. ¡Reían! mientras yo renegaba del tráfico, del calor y de los minutos que avanzaban en el tablero de mi auto deportivo último modelo.
Me percaté —con tristeza— que perdí la levedad de mí ser en algún sitio: en la oficina, en el súper o dentro de la lavadora de nueve kilos; podría ser también que en algún otro crucero de la ciudad.
Quién sabe desde cuando carecía de la capacidad de trasmutarme a ese estado mental donde todo es más fácil, nada es tan enserio, y sí más simple y divertido.
Mi polaridad desapareció en un punto de mi conciencia y quedé atrapada en un sólo extremo de esa línea horizontal por donde yo me deslizaba a deshoras; entre la ingenuidad de una infancia que perduró en el ánimo de mi inconciencia y los actos evolutivos, racionales y obligatorios que correspondían a la cronología de mi vida.
Ya en casa, entre tanta noche estacionada en mi almohada hice un inventario de mis días. Enfrenté la introspección cara a cara; dejé de negar los cambios internos de mi cuerpo, de mi ánimo y hasta de mi estadía fugaz en éste mundo. También busqué a alguien en la poesía que escribí a los once años, pero ya no la encontré.
Sí, absolutamente madura, sin opción de dar marcha atrás para sustraer de nuevo un respiro pueril de los bailes ridículos que solía yo hacer con mis compañeras de juegos nocturnos, que a veces eran también mis hijas. Ahora todo el tiempo soy la del extremo opuesto a ellas, todo el tiempo soy la mamá, la esposa, la profesionista… la adulta.
Y no es que esté mal, pero extraño a mi niña; a ésa que por la tarde le gustaba correr por toda la casa deslizando una cuerda azul para que la persiguieran los gatos, extraño sus gestos ridículos cuando se reía con la del espejo… y con el mundo. Extraño sus desmayos fingidos y convulsos si no la llenaban de besos curativos; extraño ésa que fui.
¿Qué ha sido de mi dualidad, de mi polo opuesto?
La niña antagónica de ésta mujer madura que soy ahora perdió la batalla en la película de mi vida.
Éramos idénticas en naturaleza, pero en diferente grado; éramos tan cómplices… tan amigas. Paradójicamente, ésa niña y yo ya no podremos reconciliarnos.
Nunca me ha gustado meterme en lo que no me importa, sin embargo, esa noche tuve ganas de hablar, de decir lo que había mirado al salir de casa, pero las ganas se me quitaron cuando recordé que me vio.
Esa no era una escena común; una monja conducía una carriola a toda velocidad enfrente de la acera donde yo vivía. Los hábitos de la monja volaban en dirección contraria a sus pasos, seguramente con semejante zangoloteo el bebé estaría asustado.
Mis ojos la siguieron con curiosidad hasta que se detuvo en el ochenta y siete bis, justo en la casa de los Velarde, los que —supimos todos— habían perdido a su pequeño hijo una semana atrás. Algunos vecinos aseguraban que les pedían rescate millonario, otros, que la mamá lo descuidó por oler fragancias en el Centro Comercial.
Pensé que la monja venía a entregar al bebé que, por alguna circunstancia, había llegado al orfanato donde ella vivía. Cerré con lentitud para seguir observando. La religiosa tocó el timbre y se percató de mi presencia; sus ojos se clavaron en mí cara, en mi cuerpo y en el número ochenta y ocho de cerámica incrustado en mi puerta. Segundos más tarde se fue, dejando la carriola junto al portón de mis vecinos. La señora Velarde fue quién abrió; me sentí aliviado.
Me fui entonces a ver a Karla con un presentimiento que me perseguía desde hace días. Esa tarde me dijo que se había enamorado de otro, alguien con más ambiciones en la vida que yo. Quiso consolarme con su amistad, pero yo la rechacé; sin ella, sería un inválido en este mundo.
Tenía que empezar a familiarizarme con la soledad, así que deambulé como pendejo por el Parque Hundido. Acababa de perder a la mujer de mi vida por no tener un titulo, ni vestir de traje todos los días. Al anochecer, se me habían acabado los pasos y las expectativas. Así que regresé.
Una veintena de policías y peritos habían acordonado el acceso a mí calle. Tuve que identificarme, comprobar que vivía allí para poder pasar no sin antes responder a ciertas preguntas, como si había visto algo o a alguien raro. El recuerdo de la monja mirándome a mí y a mi puerta me dejó mudo.
—Nada oficial, no vi nada raro.
Observé por la ventana de la sala durante unos minutos, y cosa que nunca hago, decidí salir a la tienda de la esquina para enterarme de algo que me hiciera olvidar mi tragedia.
La vecina del ochenta y cinco —que siempre sabe todo— estaba comprando leche y pan para sus hijos. Ella fue la que me dijo que, al cuerpo del bebé de los Velarde, le faltaban sus manos.
Puede ser que un día nos cansemos de buscar los significados de esos sueños que nos despiertan con los dientes apretados, bañados en sudor, desconcertados, tal vez con miedo; y que nos afanemos impávidos a la acción mecánica de nuestros cuerpos somnolientos, conduciéndonos por la vida sin más interrogantes ni sobresaltos, sin sorprendernos; sólo esperando que transcurra eso que ignoramos.
¡Morir será la espera en secreto y en silencio!
-Para algunos ya lo es-
Puede ser entonces que el mundo onírico que hasta ahora nos ha trastornado, se resbale líquido en un techo de dos aguas, y dentro de nosotros, quede seco el propio árbol de la vida; sin mitos, ni sueños…
-Y nadie pregunte nada-
Puede ser que el destino quede absuelto de los contratiempos, que el azar evapore ciertas dudas, o todas, o ninguna, pero así nos conformemos, pues vivir será sólo un golpe de suerte.
Puede ser también que llegado el momento resignemos nuestras ansias al sonambulismo, cerrando las puertas que conducen a los abismos, que tantos y tantos hombres intentaron trasgredir, muriendo en el intento.
¡Qué vidas tan emocionantes la de aquéllos que tanto contemplaron!
Imágenes reales buscadas con impaciencia, a la intemperie y en el momento exacto en que el sol y la luna se tocaban los hombros. Esos hombres tan antiguos que no limitaron a pulgadas la inmensidad del mar, ni fijaron su mirada a la presunción de pantallas planas, pues se inventaron el tiempo para sentarse en el portón de su casa a beberse las tardes, teniendo como espectáculo el universo de estrellas y un molino de viento.
Otras cosas preocuparán a la raza que seremos —el costo de una madre sustituta o el precio de un perro robot— la poesía, será la primera enfermedad erradicada por los gobiernos que piensan en el bienestar de la humanidad. En México por ejemplo, nos enseñaran a actuar decentemente, con masivas dosis de La rosa de Guadalupe y Central de Abasto. El mismo hombre ahogará sus preguntas e inconformidades con el nudo de su corbata o con
¡Y el umbral multicolor quedará oscuro a los ojos futuros!
A nadie le importará acercarse a la raya, pues tan sólo habitarán:
Niños ciegos
Niños mudos y expertos en controles electrónicos
Raza humana programada para ejecutar
Conectados siempre a la misma corriente que sólo fluirá
En un circuito cerrado dónde todo está resuelto y formateado.
Puede ser entonces que nadie insista en los misterios, que se derrumben pirámides viejas, museos inútiles, y se construyan en su lugar campos militarizados, centros de clonación masiva y empresas productoras de vegetales.
Y así, un sólo conclave de elite será el que murmure entre dientes sobre ciertas cosas que los demás no deberemos saber, y entonces…
¡Ellos elegirán el pan y el vino que debe probar la humanidad!
Puede ser que el hombre llegue a tener una vida tecnológica resuelta, pero con tanto vacío en la cabeza, que pesará demasiado y andaremos encorvados.
Tan abajo…
Que será necesario -otra vez- caminar cómodamente con cuatro patas.

Fragmento de la introducción del libro escrito por:
Aline Petterson
Escritora y Profesora de la Escuela de Escritores en SOGEM
Soy ésa a la que el espejo ya no mira de frente
Soy el pecado que asoma a través de mis costillas y mis tacones raspados
Soy la que camina descalza bajo el crujir de alfombras baratas
La que todos miran mojándose los labios
Pestañeando las formas en que han de verme de cerca
Diletante de cosas pasadas y huecas
Mientras aletean sobre mi cuerpo mil cuervos
Soy la perfección de la soledad pausada
De las deshoras, del ayuno y las madrugadas.
Soy la turbulencia que se calma cuando toca tierra antigua
Esa tierra de siempre que me aprisiona entre sus tumbas.
Soy el oropel que se compra en una esquina
El billete falso, el golpe seco
Soy la que tiene a todos
La que tiene nada
Cuando el cuarto está alumbrado.
Hoy, de regreso al Distrito Federal, revisé la señal de mi celular justo cuando pasé por el kilómetro veintinueve de
Tenía la cara dorada por el sol y las marcas de los tirantes de su traje de baño que se podían apreciar en su espalda descubierta.
Nos detuvimos a la altura de Chilpancingo: unas a comprar dulces de la región y otras querían ir al baño. Fue cuando la vi bajar de una camioneta Honda CR-V gris con placas del Distrito Federal. Regresábamos de Acapulco mis amigas y yo esa tarde de Junio.
Tendría unos trece años o a lo mejor menos. Calzaba unas sandalias muy coquetas y no traía suéter a pesar de que estaba lloviendo cuando nos bajamos de los autos. Su ropa era perfecta para la playa, no así para la carretera. Llevaba puesto un vestido estraple muy blanco y fresco, y su cabello castaño claro apenas le llegaba al cuello. Pude ver de cerca sus ojos verdes, pues nos vimos de frente al pasar por los puestos de dulces.
Durante todo el trayecto hacia México nos fuimos encontrando con
La lluvia cesó pasando Alpuyeca. Tomé el carril de alta velocidad para recuperar el atraso de tiempo que el aguacero provocó.
A las tres horas de camino oíamos a U2. Cerca del mirador, nuestro silencio era cansancio, las últimas curvas y estaríamos en la caseta de cobro.
Otra tormenta nos sorprendió. Bajé un poco la velocidad y regresé al carril derecho. Recordé que los frenos no responden igual con el pavimento mojado.
Al salir de una curva peligrosa, vimos a cuatro hombres que corrían por el acotamiento en dirección a nosotros. Sus rostros se veían conmocionados. Con sus manos nos hacían señas que fuéramos más despacio y continuáramos por ese carril.
No tuvimos mucho tiempo en nuestra cabeza la duda de lo que había pasado. La respuesta llegó sola al salir de la siguiente curva.
Logramos pasar apenas rozando la defensa trasera de
Metros más adelante, sobre el pavimento mojado, la niña del vestido estraple blanco yacía inconciente. Los vidrios del parabrisas la rodeaban y había perdido una de sus coquetas sandalias. Sus brazos y sus piernas estaban en una posición que ningún contorsionista, por más elasticidad que tuviera, podría lograr.
Frente al cuerpecito ensangrentado de la niña estaba un señalamiento dónde se leía: “Despacio, setenta kilómetros por hora con pavimento mojado”.
Yo estaba al borde de un shock. Mis manos aferradas al volante sudaron el mar de Acapulco.
Consternadas buscamos los celulares para llamar a la ambulancia.
Seguí manejando con los ojos verdes de la niña clavados en mi parabrisas. Algunos celulares no traían señal. “Insistan”. –Les rogué, hasta que por fin Marcela logró la comunicación: “Hubo un accidente, por favor, urge que vayan al kilómetro veintinueve”. –La oí decir. Después, el silencio era tristeza.
Hoy me acordé de ella. Mientras mis hijas dormían en los asientos traseros y con el cinturón de seguridad bien puestos. Pasé por el kilómetro veintinueve, con el pavimento mojado como aquella vez, sólo que ahora el velocímetro marcaba sesenta kilómetros por hora. U2 estaba en la maleta y en el estéreo de mi camioneta sonaba un jazz.

Quisieron dejar de existir
Que no quedara nadie en esa soledad
Apagaron la luz de sus balcones
En sus trincheras
los sepultó la oscuridad
El aire recogió sus miserias
La calle de piedras lavadas
dejó de ser río de gente
Y la iglesia con sus torres
nunca fue perdonada
El polvo esperó ser agitado
Los ecos aguardaron el regreso
Las cúpulas de los árboles
ondearon la tristeza de las noches vencidas
Y terminó
Se durmieron en un sueño rojo
Mariposas negras aplaudieron la insolencia
Una lágrima derramó la roca.
Y el tiempo se llenó de moho
cuando musitaron sus fantasmas.
No quisieron ser unos
Fueron todos
Arraigados en sus tierras ultrajadas
Desde los siglos
Hermanos olvidados