miércoles, 13 de julio de 2016

Soy el pez






Yo soy el pez del sueño.
El de la pecera de agua puerca.
El pez del fondo. El pez mínimo.
El pez pescado.
El pez que ha brincado.
El pez que nada.
El que retorna.
El pez sin rayas.
El de la casa antigua....

lunes, 28 de septiembre de 2015

El hubiera...




Hubiera sido mejor que no te quisiera.  Que mi soledad no se hubiera colgado de tus brazos. No verte de frente, ni anclarme a tu cuerpo; hubiera sido mejor  seguir de largo...

No encontrarme a mí misma en cada silencio que me gritas. No amarte. No extrañarte. Ni tener la complicación impertinente de este olvido.

Hubiera sido mejor vivir sin estas ganas de ti, ni de tu irónica sonrisa que te delata, cuando dudas de todo, aunque yo te esté queriendo. Aunque tú lo estés sabiendo.

Hubiera sido mejor seguir en aparente calma, sin esta ansiedad por tus manos  entumiéndome los huesos. Hubiera sido mejor existir en otro tiempo: aquí te busco y no te encuentro; tú me  encuentras cuando no te busco,  y de tanto jaloneo somos como hilachos de un desierto.

 Hubiera sido mejor que mis noches siguieran negras, que no hubieras prendido mis velas, que no abrieras mis ventanas. Hubiera sido mejor seguir sin ti como ahora sigo,  a medias contigo, teniéndote a ratos, pero sin ti...

lunes, 6 de julio de 2015

El tiempo



Amo el tiempo que transcurre lánguido sobre tus pupilas.
Ese tiempo que deja de ser dos para convertirse en uno.
El mismo, el antiguo, el que será, el que siempre ha sido
desde que el polvo no era más que polvo y ahora es Dios.
Ese tiempo que a tu lado se adelgaza, se hincha, se hace chato.
El que nos rozó la piel cuando fuimos dioses o esclavos.
Amo este tiempo aunque quizá alguna vez lo odie.
Amo tus pupilas y la languidez con que me esquivan
prometiéndome, en algún otro siglo, volverme a mirar...

jueves, 27 de febrero de 2014

Hay un tiempo


Hay un tiempo en que se deja de sentir.
Carne y piel se convierten en mortaja
del Ser en decadencia.
Cuerpo en latencia,
en espera, quizá
de volver a resucitar.

Es el tiempo de largos silencios.
De preguntas al techo,
al foco sin luz,
como si acaso este fuera un Dios apagado.

El tiempo de la desidia
de no saber para qué se es;
de mañanas de ayuno,
tardes sin hambre, 
y noches inertes.

Cuando los días se repiten
en una franca sucesión de hechos incólumes.
Donde la nostalgia  
es una cobija a cuadros que se arrastra,
pesadamente, sin importar el clima.

¿Cuál clima?
No se siente…
Carne y piel son la mortaja
de una vida que ya no existe.

viernes, 7 de febrero de 2014

Piedras al abismo



Mi trabajo es lanzar piedras al abismo 
y esperar a que algún condenado las coseche.
Piedras lunares, extraídas de mis otros cuerpos,
de vidas encarnadas de tantos siglos;
piedras cáusticas que laceran la membrana 
que divide lo que fui y sólo intuyo
con lo que ahora soy…

He sabido de gente golpeada por ellas.
Mis piedras colmadas de amorosa ironía,
de palabras intrínsecas, indómitas presencias.
Piedras a veces huecas. 
Que flotan 
por ríos que se bifurcan. 

Mi trabajo es contenerlas.
Contenderlas unas con otras.
Las mías con las tuyas.
Lanzarlas al abismo 
y esperar a que algún condenado
como yo, las coseche…

viernes, 6 de diciembre de 2013

De momentos...

Y, ahí, comprendereis. Miguel O. Menassa


Estoy envuelta en una nube de vicio. Mis pensamientos son como el humo de mi cigarro que ronda sobre mi cabeza. Dispersos hilos discontinuos que se esparcen a la fría atmosfera. No sé si están mejor dentro de mí o afuera, pero los libero o me libero de ellos. Su destino, por ahora, es no llegar a algún lugar de descanso o trabajo. Sin tregua, de la misma forma que en que nacen, mueren. 

     Hubo un tiempo en que todo era claridad. El horizonte era más que un trazo lejano y curvilíneo. Era la certeza de que cabalgaba hacía un sitio seguro, donde habría de recibir una cosecha abundante de sosiego para el alma.

     Hoy, desidia. La desigualdad entre las formas de mis imágenes y mis ilusiones, inhiben todo avance a la aventura. ¿Qué hay detrás, qué hay más allá, qué hay tan sólo a cinco minutos de distancia? No lo sé. El pasado se acomoda a cada instante y exige se le deje intacto, incólume ante mis preguntas. El futuro es como una caja negra, llena de cintas multicolores con nudos que desenredar. Y en este momento siento como otros  and no one called us to the land and no one crosses there alive. No one speaks and no one tries no one flies around the sun....

     Ahora mismo me parecen mentira tantas cosas que hasta ayer resultaban verdaderas. Y quiero gritar esperando que alguien desde su orilla me oiga y diga “calma, ya pasé por eso y no morí”. Ni siquiera sé quién podría ser ese alguien. A mi alrededor la música se apaga y los sonidos tan cotidianos se reproducen indolentes, ignorando mi necesidad de otredad. 

     Hoy necesito rasgar la tela de mi vida para descubrir qué hay atrás. Con suerte lograré hacer un hoyo tan grande que quepa todo mi cuerpo y por un tiempo hasta desaparezca.

domingo, 21 de julio de 2013

Del sueño a la realidad...


A veces, con el paso de los años se nos olvida aquello que quisimos ser cuando niños. Ese sueño que visualizamos con la cabeza pegada a la almohada de la infancia. Que se gestó con una imagen que hicimos crecer en una tarde de ocio, hasta convertirla en un deseo de vida.  Comparado con lo que ahora somos ¿cuánta distancia nos separa lo uno de lo otro?

Los vericuetos de la vida nos llevan a cada uno por distintos caminos. Nuevos deseos y proyectos surgen conforme vamos madurando.  Algunos de ustedes no andarán tal vez muy lejos de lo que originalmente se  plantearon en la niñez, otros, probablemente, ni se han acercado a la ilusión.

¿Quién puede decir que ha vivido su vida conforme a lo planeado?

Los planes, dicen algunos, son necesarios para estructurar las cosas, la vida misma. Pero los planes también son obstáculos que pueden llegar a frustrar a una persona, si en el trayecto a cumplirlos se sale del vagón o incluso de la vía. Nosotros podremos  siempre fijarnos metas y objetivos, pero hay algo llamado destino, que se impone siempre, cancelando todo lo demás.

Creer o no en el destino es un asunto personal. Es cuestión de conciencia, de crecimiento y de despertar. Es importante saber que todo lo que sucede no siempre es nuestra responsabilidad ni está en nuestras manos reparar, aunque sí podemos adoptar una postura respecto a eso. Y aunque mucho podemos hacer con el libre albedrío, hay un asunto que compete meramente a las fuerzas oscuras de la naturaleza: como la genética, el karma pasado y la sincronicidad, por mencionar algunas.

¿Con qué parte de nuestro sueño primigenio el destino no está de acuerdo? ¿Por qué? ¿Qué tan conscientes somos de las fuerzas que han operado y operan ahora mismo en nuestras vidas? ¿Cómo lo afrontamos?

No todas las personas estamos listas para saberlo y por eso es que la vida puede llegar a ser una carga muy pesada de sobrellevar. Otros tantos actúan con lo que pueden hacer, aunque no sea lo mejor para ellos, y así sobreviven. Muy pocos tienen las herramientas para colocarse a la altura de las circunstancias. Analizando de dónde vienen, hacia donde han ido; buscando el por qué la vida insiste en ponerlos en tal o cuál dirección. Y las respuestas son tan sorprendentes, como inesperadas y reveladoras.

Aferrarse a las viejas ideas y costumbres sólo aumenta el dolor. Lamentarse por  sentirse amarrado y no poder  concretar los sueños es igual de doloroso. Es en la introspección donde se descansa. Indagar en nuestras circunstancias, revisar las dificultades, los tropiezos y los logros nos ayudan a comprender, a reparar y a volver a darle dirección a nuestra visita en este mundo. Con este nombre y este cuerpo que poseemos. Una visita que podemos aligerar haciéndola más lúdica y menos melodramática.  Habiendo tantos paisajes hermosos es increíble que todavía haya algunas personas que insistan en transitar por el tan mentado Valle de lágrimas.

sábado, 16 de febrero de 2013

Insomnio





Hay noches en las que uno no duerme nada. No se puede dormir porque la mente y el alma requieren estar alerta. Se resisten a apaciguarse, a sumergirse en ese remanso que ofrece el sueño.  Imágenes, recortes del pasado muy pasado, o del pasado reciente, nos obligan a dialogar con las acciones que ya se cometieron, se hubieran cometido, o se dejaron de cometer. El mismo análisis sucede con las palabras dichas, con los silencios… Lo anterior, enfocado a la situación actual en lo que nos encontremos,  buscando el porqué, en vez del para qué.

Del tamaño del insomnio es la catarsis, tan dolorosa como necesaria…

En el insomnio más sobrado, las horas se cuentan en minutos que se extienden hasta tantear la puerta del diablo más fecundo.  Uno no necesita tocar para acceder. El anfitrión se anticipa: recargado en el umbral, vestido de levita, con su sardónica sonrisa nos espera. Nos ha esperado siempre, porque sólo él sabía que, tarde o temprano, llegaríamos hasta allí.

Es como si al guión de nuestra vida “alguien” le mandara un “Deux ex machina”, para provocar caos, destrucción, desesperanza, sorpresa, miedo, inmovilidad; uno a la vez o todo junto, según el cambio de tuerca que necesitemos experimentar para aprender. Tan inútil es dormir como querer seguir dormido. Sería en vano el derroche de fuerzas cósmicas si nos empeñamos en impedir la transformación, si pretendiéramos seguir siendo como hasta ahora hemos sido.

Por eso hay noches en que uno no duerme nada. Se visitan los lugares antiguos, se transita por ellos. Se repasa uno mismo y se repasa al otro: al que queremos, al que odiamos, al que necesitamos, del que hemos dependido, al que hemos solapado, al que dejamos ir, al que amamos… El proceso dura tanto como nuestra resistencia. Lo que sí es seguro es que después de aceptar y convivir pacíficamente con nuestra sombra, las larguísimas y oscuras noches se disiparán. Y uno al fin podrá dormir, pero nunca volverá a ser el mismo.

viernes, 1 de febrero de 2013

Las palabras y sus caprichos






Ya es viernes. Toda la semana me senté frente a la computadora para escribir un texto. Se supone que los escritores eso hacemos, sin embargo, las palabras no están siempre dispuestas a producirse en nuestra mente con una secuencia lógica, aunque uno sí lo esté.

Siguiendo indicaciones de los experimentados en estos menesteres, hace un par de años que intenté infructuosamente hacerme de una rutina para escribir por las mañanas. Tal parece que la luz del día coarta mi libertad de pensamiento,  que tiende a sentirse más cómodo y libre en la oscuridad de la noche.

Bajo esa premisa escribí mi primer novela y otros textos que aún intentan ser algo un día. Crear una rutina para escribir sí sirve, obliga a enfocarse, da disciplina, y ayuda a penetrar con más precisión en las atmósferas. Pero ¿qué pasa cuando aún respetando todo el ritual que hemos creado para escribir, las palabras se esconden en esa parte del cuerpo que cada escritor conoce?

Esta semana no pude crear ni un párrafo nuevo de mi siguiente novela. Entonces quise corregir unos cuentos que ya tenía, pero tampoco pude. Las palabras que insertaba en las oraciones no funcionaban y mejor abandoné el intento. Lo curioso era que al  ponerme la pijama, lavarme los dientes, o incluso ya acostada en la cama, las ideas comenzaban a brotar. Las palabras subían a mi cabeza y se agolpaban con un ritmo vertiginoso, exigiéndome que les hiciera caso. Mala hora para que me suceda, pienso. Es un dilema difícil de atender: tratar de conciliar el sueño porque quedan pocas horas para dormir, o levantarse otra vez a prender la máquina. Espero que sea transitorio, o ¿será acaso que el nuevo texto está exigiendo su propia rutina?

jueves, 8 de noviembre de 2012





II


Poco a poco nos acercamos al final del día, al final del mes, al final del año; a nuestro propio final. A esta hora ya no existen tantas cosas que hasta hace rato sí. La noche calla algunas voces, el día a otras, en una siniestra repartición de tareas.  Y no todos los pájaros que canturreaban por la mañana podrán hacerlo otra vez…

Cuántos árboles dejaron de ser árboles hoy. Cuántas sillas usadas fueron destruidas en el mundo. Cuántos vasos rotos. Cuántas cartas quemadas. Cuántos te quiero borrados del email. Somos parte de las cosas y como las cosas hemos de ser destruidos por la implacable rueda del destino. Hoy me alcanza la energía para apretar las teclas, a otros ya ni eso…

sábado, 9 de junio de 2012


I

Ya sólo soy un dolor en los huesos. La frialdad de una sangre que circula sin ganas. El espasmo de unas vísceras huecas. Soy falta de aire. Anginas inflamadas.

He dejado de caminar por la calle desde hace tiempo. Me niego a arrastrar los pies. Me da miedo bajar la banqueta con estas piernas flácidas que cada vez soportan menos. Miro la otra esquina como se mira una lejana estación de tren, nebulosa y solitaria. Nadie me espera del otro lado.

Es difícil vivir en una ciudad que no se recuerda. Donde hasta la propia sombra parece un extraño. Hemos imitado con las calles al laberinto de Dédalo. Escondido en alguna parte está el monstruo.

Sabrán que enfermé por la falta de fuego. Por las brasas extintas que sedimentan  mi sangre. Por el humo tóxico de los recuerdos que me asfixian y me provoca este ardor en los ojos.

Ya la cama contiene mi forma porosa y tiesa. La forma última de los cuerpos moribundos. Es molesto que alguien abra la ventana para que se cuele el aire fresco, cuando lo que yo deseo es ahogarme.

Espero que el techo pronto se desplome sobre mí. Cuando por última vez cierre los ojos. O quizá se me queden abiertos, y los polvillos rojos del otoño sea lo último que vea. Que sobre mí caigan, que me sepulten…

Me ha dolido la cabeza, el hígado, el corazón. Desde el día que miré por la costura de mi cuarto, un virus me contagió de muerte. Me infectó las ganas. Deprimió mis defensas vitales. Atacó mi risa.

Dicen que sea optimista, que soy joven, que voy recuperándome. Y yo sé que mienten. Que me transformo en nada, que unas manos me están pulverizando…

jueves, 26 de enero de 2012

Autosabotaje

Es 26 de enero. Se fueron ya veintiséis días de un año que se perfilaba muy productivo. Hablo en pasado, porque aunque el año está casi nuevecito, esos veintiséis días no regresarán para que no volvamos a desaprovecharlos.

Así he tirado a la basura mucho tiempo de los años que tengo ―no pregunten cuántos―, en todo caso, la pregunta oportuna sería: ¿qué he dejado de hacer? La respuesta es: dejé de trabajar en pos de mis sueños.

Con una energía renovada decretamos, planeamos cada primero de enero en la madrugada: que si vamos a comenzar una rutina de ejercicios, que ahora sí vamos a estudiar un idioma nuevo, que se emprenderá ese negocio que hemos cocinado desde equis tiempo, que se concluirán los estudios, y cientos de etcéteras…

A más de uno nos ha pasado, no lo podemos negar: cada año se queda algo pendiente en el tintero...

Y hay que confesar que no es por falta de tiempo; ha sido falta de valor, de fuerza de voluntad, o por desidia acaso, que nos hemos paralizado. Autosabotaje, dirían los expertos.

En mi caso, no puedo echarle la culpa a "la inspiración que no llega", cuando de escribir se trata. Los que estamos en la profesión de la escritura, sabemos bien que todos los elementos necesarios para producir un texto se obtienen a base de disciplina, lectura y constancia. A mí me han faltado dos de esos tres elementos.

¿A ustedes qué les ha faltado?

A unos antes, a otros después, la insatisfacción personal se nos aparece en forma de sombra. Nos persigue justo en el momento en que deberíamos estar ejecutando lo planeado, y en cambio, usamos ese tiempo en otra cosa. Esa sombra pasa frente al televisor, se mete con nosotros bajo las sábanas, ya muy entrada la mañana. Nos persigue en el café con los amigos, se tumba a lado nuestro en el sofá. Y También nos habla, dice "deberías estar haciendo esto o aquello", pero le subimos el volumen a la televisión para no oírla, o le contestamos, allí acostados "un ratito más".

No sé ustedes, pero yo no pienso conceder ni un rato más a esos obstáculos que me desvían de mis objetivos; ni aunque la cama con sus cobijas calientes quiera aprisionarme a ella.

Hay que entender que la vida está avanzando mientras uno se queda. Entender que la vida no es MAÑANA LO HAGO. Que la vida es ahora. Y yo, por lo pronto, AHORA quiero escribir...

lunes, 11 de abril de 2011

martes, 5 de abril de 2011

Vidas Baldías, en la Feria Universitaria del Libro


Para los que vivan o anden por Mazatlán, los invito a la presentación de mi novela, Vidas Baldías, ganadora del Premio Nacional Valladolid a las letras 2010, que se llevará a acabo en el marco de la ahora denominada, Feria Universitaria del Libro (antes FELIART), este viernes 8 de abril a las 19:00 hrs, en el corredor cultural de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Mucho agradeceré si me ayudan a difundir la noticia entre sus conocidos.
Allá nos vemos...

miércoles, 23 de febrero de 2011

Niña



Todos los días trato de acordarme de ti:

cómo era tu voz,

a qué jugabas,

qué te hacía llorar,

de qué parte del estómago brotaba tu risa.


Todos los días toco la cicatriz de mí rodilla

y procuro no arrancarme la costra

que quedó aglutinada en mi alma,

con otras más que aún duelen.


Todos los días te canto

esa canción que culminó tu infancia

Te digo con los ojos que te quiero

aunque a ti veces se te olvide...

viernes, 18 de febrero de 2011

Olvidarte


Olvidar que existes, es fácil

como cerrar la ventana

para no oír tu voz como un ruido que molesta.

Tirar la manzana que ya no comes

y que supura líquidos pestilentes

contaminando mi espacio.


Olvidar todo de ti, tarea sencilla.

Como cambiar de canal al televisor

soltar el drama y ver comedia

o apagar el aparato, francamente

y escuchar música barroca.

                 Nada comparado a la sencillez tuya.


Alejarme de tus símiles

no hacer caso a tus muebles:

tu silla predilecta

      el lado de tu cama

            la mesa de centro que acunaba tus pies.


Dormir con seis cobijas

romper tu taza del café

dejar el gato afuera

comer sobre la cama

y fumar otra vez en el baño.

Ser yo, así como era antes de ti

con el plato de comida tan alejado de las formas

mientras se enfría con mis lecturas.


Sí puedo olvidarme de ti.

Necesito comenzar ya el desorden en la casa.

Cerrar la ventana

                 -por dentro y por fuera-

esperar a que la fruta que compré, por si llegabas

                                supure tu ausencia.

Silenciar todas las músicas del mundo

conciliar el sueño y cobijarme

                           pesadamente

                                 como a ti no te gustaba.


Matar al gato que duerme en tu vacío

Volver a comer… Para comer sobre la cama

                                       y a fumar ya he empezado.


Falta acordarme exactamente

como era yo antes de ti.

Recuperar el olor de mis soledades

regar por la casa mis libros favoritos

que pacientemente ordenaste en la estantería.

Estar sin bañarme otros tres días

                                           ¡Ah!... Y comer.

Necesito volver a comer sin ti.

sábado, 5 de febrero de 2011

El sótano



Apenas me asomaba al sótano

un haz de luz iluminaba

las cajas roídas por el tiempo

                             ... y una que otra rata hambrienta de mi memoria.


Fotografías húmedas

por las lágrimas de una infancia rota.



Apenas un paso adentro

los murmullos patearon las tapas

rasgando la cinta que los sellaba.


Un recuerdo escapó…

Un dos tres por todos mis amigos

susurró mi nombre

al encontrar mi escondite

tras la puerta de los treinta.


Los años me miraron a los ojos

antes de subir por la escalera

y cerrar la puerta con indulgencia.


Las risitas de las cajas asomaron sus cabezas

                                     el aro azul rodó.

El juego de la oca

Platero y yo nos asustamos.


El silencio quedo inerme

ante tanto alboroto

que huyó a otras infancias

de apagadas voces

de dormidos recuerdos…


Ya soy parte del barullo:

voces niñas me acompañan,

trinar de canarios,

maullidos pintos,

aguaceros de láminas,

las piedritas en los vidrios…


Ya salen los abuelos y los padres

los amigos aún infantes.

Apenas…


Y comienza el juego

de la edad desgastada.


Merodeando a tientas el sótano

voy con la penumbra en el alma

los ojos aguados

las rodillas raspadas

buscando…

         oliendo…

                    gritando..

Un dos tres por todos los que me faltan...





viernes, 7 de enero de 2011

Sequía


Esa mañana del 24 de diciembre el frío era como un cuchillo de hielo que me partía la cara, mientras esperaba que la cubeta se llenara a cuenta gotas. Debía llenar tres. Imposible con la miserable ración de agua que se nos permitía almacenar nada más entre las seis y las nueve. Después de esa hora la tubería se volvía seca y oxidada, sin esperanzas de exprimirle chorro alguno.

―No va a venir, convéncete ―le dije a Ita, frotando mis manos enfundadas en esos guantes que encontré a buen precio en el tianguis de San Agustín.
―El cielo se ve cuarteado. Va a arreciar el frío ―me dijo ella, sin hacer caso a mis palabras; con la mirada puesta en el vasto horizonte que enfrentaba nuestra choza cada día.

     Las cartas llegaban muy puntuales al principio, cada fin de mes. Al cabo de un año recibíamos a lo mucho una cada tres meses, hasta que nos acostumbramos a las tarjetas de cumpleaños solamente: una para Ita y otra para mí. Inesperadamente, a finales de noviembre y sin ser cumpleaños de ninguno de los dos llegó aquella en la que nos anunciaba que vendría para Noche Buena.

     Ya era Navidad: un pollo rostizado se quedó completito en su bolsa de papel estraza, aguardando ser el banquete de su recibimiento. Un manjar digno después de cuatro años de no verla, pero nuestra madre no llegó.

     Ita aún tenía esperanza que de un momento a otro apareciera su figura subiendo la loma. Tal vez no encontró camión, decía, cuando yo pensaba que era lógico que mamá no quisiera regresar a la pobreza de nuestro pueblo, de nuestra casa. Lo que no estaba bien era que jugara con las ilusiones de mi hermana, pues yo desde que se fue, vi en sus ojos la mirada sin retorno.

     Cerca de las tres de la mañana y con las mejillas mojadas, Ita se fue a dormir. Me dijo que era el vapor de la olla con el ponche hirviendo, pero yo sabía que le escurría el llanto cuando se encontraba de espaldas removiendo el líquido sobre el anafre.

     El recuerdo de Ita es plomo en mi conciencia. La veo con su capucha verde y la chamarra negra sintética que se compró, con los últimos veinte dólares que le mandó mamá en su cumpleaños. Recargada sobre los troncos apolillados que sostenían su fiel espera. Con su mirada puesta quizá ya en otro lado. Hoy que cumple sus dieciséis, y a un año de que ella también se fue quién sabe con quién. Entre tanto yo sigo llenando las cubetas con el miserable chorro de agua que nada más me visita de seis a nueve de la mañana.

Imagen tomada del blog Las Historias de Alberto Chimal.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

A Adriana Gracia la inspira Mario González Suárez

Con 'Vidas baldías' gana el Premio Nacional Valladolid a las Letras
Héctor Guardado
07-12-2010


MAZATLÁN._ Julieta es una mujer que en vida padeció esquizofrenia, descubre que murió, y desde esta perspectiva, con la conciencia que le da su condición, consigue llegar a su destino final. Esa es la historia que narra Vidas baldías, de Adriana Gracia, con la que ganó el Premio Valladolid a las Letras.

La escritora, nacida en el Distrito Federal y egresada de la Escuela de Escritores de la Sogem, reveló que es admiradora del escritor Mario González Suárez, su maestro. Asiste al taller literario que éste ofrece en la Ciudad de México.

"Aspiro a escribir como Mario González Suárez. De sus libros, mi favorito es De la infancia, ese texto influenció mi novela Vidas baldías, con la que gané el premio. De esa novela admiro sobre todo su manejo del tiempo onírico-fantasmal, tiene un lenguaje muy depurado, su prosa es exquisita, tiene la palabra exacta para la emoción correspondiente y para la acción especifica que está contando", reveló.

"Esa capacidad provoca en el escritor una alegría muy grande, esa es mi principal aspiración, escribo para mí, para contar historias, no lo hago para complacer a los lectores".

-¿El ambiente depresivo e inquietante de las novelas de Mario González Suárez te atrae?

"Sí, porque es una forma muy sana de sacar los demonios, con estas novelas se despiertan conciencias, cada vez hay más gente que descubre sus fantasmas y eso ayuda a conocer la condición humana, para eso sirve la literatura", dijo.

"Este premio me confirma que estoy en el lugar correcto, que estoy haciendo lo que quiero. Para quedarme en la literatura tuve que dejar el confort de un negocio establecido, pero vale la pena, porque la literatura es una aventura, una pasión un destino, en el intento descubres el mundo".

martes, 7 de diciembre de 2010

Entregan el Premio Nacional Valladolid a las letras

Entregan el Valladolid a las Letras
Elman Trevizo lo recibe por cuento y Adriana Gracia por novela
Héctor Guardado
06-12-2010 



MAZATLÁN._ La historia de Julieta, una mujer muerta que después de expirar ve en perspectiva su vida y entiende lo que paso en su existencia, fue escrita por Adriana Gracia en el taller que imparte el escritor Mario González Suárez en el Distrito Federal. Ella se hizo acreedora al Premio Valladolid a las Letras, que se entregó en el Centro Cultural Valladolid la noche del sábado, por su novela Vidas baldías.
En el renglón de cuento infantil el ganador fue el chihuahuense Elman Trevizo, un hombre de 29 años lleno de vitalidad, que dirige en la Ciudad de México un taller infantil de creación literaria, y además es editor en Grupo Z. Él ganó con el cuento El gallompiro, que narra la historia de un ave que lentamente se transforma en vampiro.
En representación del Sistema Valladolid estuvieron en el presidium Evangelina Bazán, directora de la unidad Centro; Olga María Enciso, coordinadora del Premio Valladolid a las Letras; Claudia Pérez Tirado, directora de Recursos Humanos y Galilea Martínez, directora de la Unidad Villa Verde.
Representando al jurado de novela estuvo presente Laura Medina, quien felicitó a la institución por apoyar a los nuevos escritores mexicanos, y por parte del jurado de cuento, Ana Belén López Pulido mencionó que es importante apoyar la literatura porque los libros transforman a los seres humanos.
Se entregaron cuatro menciones honoríficas, a Sergio Navarro, Bernabé Alatorre, José Ramón Ortiz y Jaime González.
Los ganadores recibieron un reconocimiento y un cheque por 70 mil pesos para Adriana Gracia y 50 mil para Elman Trevizo.
Después de la premiación, la violinista Mónica Osuna y el pianista Eduardo Pérez ofrecieron un concierto en el que interpretaron las piezas Allegro, de Fiocco; Danza Húngara 5, de Brahms; Meditación, de Massenet y Dos guitarras.

PREMIO VALLADOLID A LAS LETRAS
Primer lugar novela: "Vidas baldías", de Adriana Gracia (70 mil pesos)
Primer lugar cuento: "El gallompiro", de Elman Trevizo (50 mil pesos)

AUMENTA MONTO DEL PREMIO
Olga María Enciso, coordinadora del Premio Valladolid a las Letras, anunció que el próximo año se va a entregar una bolsa de 200 mil pesos: 130 mil para novela y 70 mil para cuento. 

sábado, 30 de octubre de 2010

A un muerto



Eras el abismo.
Escondite perfecto de sustancias negras
que se alojan entre la carne y los huesos.

Descubrí tu armadura oxidada
aquella noche que fui lluvia sobre tu espalda
y tu piel se herrumbró entre mis manos.

Me desprendí de tu vacío.

Fui el tiempo que dejó de extenderse
en tus cuartos agrietados
y sentenciaste que todos los días
de todos los años
no serían nada en ese sitio sin mí.

Regresaron las voces de tus fantasmas
que sólo escucha tu oído izquierdo
pues en el derecho….Yo
en esa alcoba tan vacía hasta de ti.

Crees sentir mis dedos en el aire de tus mejillas
y te despiertas tan deshabitado
respirando la inercia de tu cuerpo que vegeta
que se repudia a sí mismo
porque desconoce lo dulce que es vivir.

Eres un muerto que pena a mi capricho
pues soy quien te revive
en esa hora del día que no conoces
y soy yo quien te vuelve otra vez a enterrar.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Poetas de Iberoamérica rinden 'Tributo a Sabines'



◦Aproximadamente 50 escritores se dieron cita a este homenaje

Se trata de una antología en donde se reúnen poesías, crónicas y ensayos de Sabines compilada por el poeta Jorge Contreras Herrera

CIUDAD DE MÉXICO (23/SEP/2010).- Con el propósito de perpetuar el legado del poeta Jaime Sabines nació la antología 'Tributo a Sabines. He aquí que estamos todos reunidos', compilada por el poeta Jorge Contreras Herrera y que anoche fue presentada aquí.

La edición reúne poesía, crónica, ensayos, una entrevista e imágenes del llamado 'poeta mayor', la cual fue presentada en el Centro Cultural 'José Martí' por algunos de los 50 escritores que participaron en este homenaje.

Entre los invitados a esta presentación destacan el poeta cubano Rafael Carralero, el escritor colombiano Jacinto K´anul, el representante de editorial Morvoz, Eric Marvás, Juan Carlos Valdovinos, editor de Fridaura, y el compilador Contreras Herrera.

Durante el acto, Contreras señaló que esta antología nace del éxito de la convocatoria que lanzó para reunir a poetas de toda Iberoamérica a fin de rendir tributo a Sabines.

En medio de una atmósfera colmada de nostalgia comenzó la lectura del poema 'Tía chofi', de Sabines, a cargo de Erick Marvás, quien lo leyó de manera majestuosa gracias a su desbordada interpretación.

Asimismo, el eterno admirador del 'poeta mayor', Jorge Contreras, dio lectura al poema 'In memorian Jaime Sabines', el cual describe el profundo dolor causado por la pérdida de este gran vate y que escribió minutos después de enterarse del fallecimiento, refirió.

Durante varios minutos el público fue testigo del trabajo realizado por poetas como Cristina de la Concha, Adriana Gracia Flores, Ricardo Varela, René Higuera, Alberto Arellano y Alejandro Campos.

Asimismo, cuenta con la participación del candidato al Nobel de este año, Miguel Oscar Menassa, Lucero Balcázar, Juan Pomponio, Karini Apodaca, Regina Swain, Pilar Chehin, Pablo Aldaco y Mijail Lamas, entre otros escritores.

El prólogo de ésta compilación es de Fernando Reyes, quien también dio lectura a su trabajo; además, fue él quien otorgó una fotografía de Sabines para la realización creativa de la portada.

Dicha publicación fue posible gracias al trabo conjunto de las casas editoriales Fridaura y Morvoz, con el apoyo de Cithari y Somepse, que permitieron la publicación de este libro.

Jaime Sabines, Premio Nacional de Literatura en 1983, fue un poeta y ensayista mexicano nacido en Tuxtla Gutiérrez en 1926. Murió en 1999.

Su obra tiene un marcado acento informal que lo convierte en un poeta de todos los tiempos. Su prosa apasionada y su verso sentido y sensual, hacen viajar al lector por un mundo de realidades vividas.

En 1965 tras su visita a Cuba para servir como jurado del Premio Casa de las Américas, sufrió un gran desencanto con las tendencias izquierdistas, sentimiento que dejó plasmado en su libro 'Yuria' publicado en 1967.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Noches de lluvia (O lo que ignora Alzheimer)



A veces evoco…

Nombres que pronuncia
los hilachos de la memoria
con la boca cerrada por el miedo.

Nombres de gente; lugares
que brotan espontáneos
por entre la línea de mis párpados.

Cuando la lluvia empapa mi cabeza
se me escurren por la coladera
abrazos efímeros
recuerdos extraños
que alguna vez fueron míos.

Y acucian las lágrimas a los ojos
en noches lluviosas como esta
entre paredes cuarteadas de insomnios
el alma llena de pereza
de frío
de ausencia
hasta de mí misma…

sábado, 5 de junio de 2010

Atropellada



Terminé de juntar los trozos de mí que quedaron regados en el pavimento. Fui aplastada. Literalmente quedé como un rompecabezas difícil de armar; me falta una pieza que fue totalmente triturada y ya no podrá completarme.

Sé que ya no volveré a ser la misma, pero no importa eso; el pasado es un archivo al que no le tengo miedo y en cambio lo uso para crecer.


Este hueco que ahora me queda con el tiempo podré llenarlo, robándole a la vida la imagen de un lago de aguas diáfanas y peces multicolores y haré que embonen sus contornos con los bordes de mi alma para estar otra vez completa.

Estoy viva a pesar de la poca pericia del conductor que me arrolló. Lo perdono por su inconsciencia, aunque no sé si él se perdonará su cobardía. Este accidente en mi vida me ha vuelto más sensata; ya no cruzaré cualquier calle.

viernes, 9 de abril de 2010

Les dejo un avance de mi novela...

Paul Delvaux, "le miroir", 1936

Capitulo 9 (Locura)

Mi sombra levita al ras del colchón. Mis brazos extendidos son las alas que nunca pudieron levantarme ni sostenerme. Con las palmas de las manos hacia arriba me equilibro en el aire y nada más. No suplico ni espero nada del de arriba porque arriba estoy y aún no lo he visto. Por encima de mí, y por encima aun de mi madre sigo existiendo en el vacío. Traspaso la almohada con la cabeza echada atrás, inmersa hasta el cuello en las profundidades del colchón, busco en la médula de los objetos el impulso que origine los recuerdos. Oigo rechinar los resortes aplastados cuando se expanden lentamente comunicando hasta mi cerebro las sensaciones dormidas por años. Huelo el óxido del metal y aspiro un poco de borra vieja cuando se alarga el espasmo, hasta que la sombra de mis pies también se entierra en las profundidades del colchón formando un arco con el resto de mi cuerpo que aún levita. Inquieta, pernocto en un sitio y en un tiempo crispado por descargas eléctricas que me recorren desde la base del cráneo, por la columna y hasta los pies, desempolvando cada uno de mis nervios, provocando que recobre cada una de las emociones de la vida que viví…


Llegaste a casa muy tarde. Oscura. Tan oscura como la casa que aguardaba llena de morbo conocer el secreto. Oí girar el picaporte de la puerta aún con una leve esperanza, aunque todo estuviera en tu contra. Mintiéndome, me levanté del sofá para escoltar tu entrada y recibir algo que de antemano sabía que no me darías. Y te seguí hasta encendernos con la luz sucia del foco de 40 watts. Mientras te quitabas el chal y recorrías la estancia, te perseguí con las piernas trabadas y los brazos extendidos, como un robot que está obligado a ejecutar la tarea para la que fue programado. Pero tú ni siquiera volteaste a mirarme. Continuaste tu camino hasta la cocina y prendiste el fuego…

Mamacita… ¿mi hija?, te pregunté. Pero el chorro del agua que llenaba el pocillo de peltre ahogó mi voz entrecortada. Mamacita… ¿dónde está mi hija?, insistí, mientras el agua ya se entibiaba sobre la estufa. Por favor, madre…

Tú no tienes hija. Nunca la tuviste, ¿me entiendes?, y ahora déjame cenar que vengo muerta de cansancio, me contestaste, con una voz tan convincente que casi te creo. Incrédula y suplicante, te observo por unos minutos mientras continúas preparando tu cena. Entonces surge en mi conciencia una lucidez como nunca antes la había tenido y nunca más la volvería a tener. Te vi tal como eras, con el gesto adusto y la boca retorcida de complacencia, y ese descubrimiento me dejó petrificada. En ese momento tan poderoso comprendí que yo había nacido para ser odiada por ti y que tú eras mi madre para poderte odiar…

El arroz y el pollo que pusiste sobre el plato se convirtieron en mi primera arma contra ti. Con el cuerpo crispado por la ira y la impotencia, arrojé los alimentos sobre tu cabeza. Cegada por las lágrimas golpeé tu cuerpo con los puños cerrados, con tanta fuerza que hasta mi me dolía, y cuanto objeto estuvo a mi alcance te lo lancé hasta que te hartaste. De un solo empujón lograste deshacerte del ataque y me mandaste hasta el piso… Infeliz, se te va a secar la mano por pegarle a tu madre, me dijiste, con los ojos más negros que nunca, desorbitados por el odio. Entonces me dejé arrastrar por ti, de los cabellos, hasta mi cuarto, mientras un chorro de sangre caliente escurría de mi entrepierna con cada escalón que subía. Y otra vez me encerraste en ese cuarto sombrío para desterrarme hasta de mí misma. Vencida. Totalmente convencida de que ese era el sitio más seguro para estar…

Incluso ahora lo sigo creyendo, mientras aguardo que se disipe el miedo que me produce la exaltación de esos momentos, mientras espero la hora de tu afrenta, madre. Me das más miedo en el recuerdo que ahora que sé que estás por llegar a mi espacio.

Este refugio atemporal me otorga el don de conocer los secretos de la muerte mientras encaro mi destino. Por eso el colchón vibra lentamente cuando revivo tantas penas, oscila bajo el equilibrio de mi sombra en torno a algo más grande que las propias paredes que lo acotan…

Y me veo allí. En la semioscuridad de una eterna madrugada estoy sentada a los pies de la cama. Una luz macilenta apenas penetra por la abertura lateral de la cortina. Escurren sin control secreciones por los orificios de mi rostro con cada espasmo que sobresalta mi pecho y mi abdomen. Busco respuestas en el piso cada vez que lanzo preguntas al techo de mi cuarto; al foco sin luz, como si acaso este fuera un Dios apagado, shshshsh… ¿Acaso es Dios quién sisea en mi oído cuando suplico?

Estoy partida en dos, cuerpo y alma aislados el uno del otro y sin ninguna relación entre ellos. Separada de mis cuatro cuartos. Porque tuve dos cuerpos y sentí dos almas palpitar dentro de mí. ¿Qué voy a hacer con mis mitades? ¿Y qué voy a hacer también contigo, madre, y con este odio que nace de mis entrañas?

El tiempo se desparrama sin control en la hostilidad de mi cuarto. Amaneceres que ya no me pertenecen y oscuridades que invaden mi espacio esparciendo su negrura como sombra perpetua e irrefutable. El filo de otra noche posa sobre mi cabeza como la punta de una espada desenvainada, amenazando con privarme para siempre del dulce sueño y el matutino canto de los pájaros. Con gritos silenciosos, incontables veces le pido a Dios leche y agua para mi hija, brazos tibios que la sostengan y una voz que le susurre al oído. Los ojos me duelen de tan abiertos que están, toda la órbita resintiendo el peso de la realidad. Resecos. Me niego a parpadear, pues temo que con ello se borre la imagen todavía nítida del pequeño rostro de mi hija. Con los brazos inmóviles y la espalda tan encorvada que mi barbilla casi roza las rodillas, me niego a sucumbir ante el sueño. Mi cerebro embotado comienza a dar órdenes de ignorar el dolor. Un bicho iracundo intensifica la anestesia en mi cuerpo, cuando consigo que retrocedan sus patas al hostigarlo con mi zapato derecho.

Con la lluvia que resbala por el vidrio de la ventana y los truenos que cimbran al mundo, yo suplico la apertura de las puertas; correr los cerrojos que me aprisionan y ser guiada por Mis, hasta el templo del maldito. Imagino las comisuras de sus labios curvándose hacía arriba, complacida del sufrimiento del crucificado y otorgándome el permiso de apedrearlo. Y en el altar, a los pies del colgado, mi premio al agravio cometido será encontrar a mi hija con todos sus huesos intactos y su piel rosada.

Pero nada sucede en el encierro. Dejo de alimentarme de sueños y sucumbo al cansancio atroz que me persigue, pero antes de cerrar los ojos, íntimamente me despido de mí abrazándome con las últimas fuerzas que me quedan, pues intuyo que al despertar ya no seré la misma. Hema se abre paso entre el fuego, Julieta, guaracaché, guaracachá, una panza alcanzarás…

Me persiguen y debo huir de sus intenciones. Con los párpados entreabiertos poco a poco me alejo de la vida para caer al abismo acucioso del sueño sin saber por cuánto tiempo.

Despierto de tarde, aturdida y temblorosa camino hacia la ventana. Llueve. Y sonrío, pienso que está bien que llueva porque yo estoy dentro y no me mojo. Y no me mojo porque nada me toca. Y nada me toca porque estoy dentro. Llueve tanta agua gris que ya no recuerdo el azul del cielo y últimamente sólo miro anochecer. Ignoro los días que han trascurrido; ya no importa pensar con seriedad en el tiempo. Comienzo a concentrarme en el debate que germina en mis oídos pues se torna imperioso poner a cada una en su lugar.

No pienses en nada porque nada es importante, Julieta, michontoiguer, michonteiguer, Mis, usa pinceles…

Hema regresa de la nada y yo me lleno de angustia cuando ella me recuerda que tenía algo en las manos y ya no. No logro arrancar esa sensación de pérdida y extravío mientras me habla. Frente al espejo sucio miro unos ojos sin color que no me dicen nada. No sé si es otra la que está frente al espejo o soy yo. Nada duele, nada cansa. Reniego del encierro cuando descubro que afuera nada me importa. Necesito salir de este cuarto para dejar frente a una iglesia a esas que invaden mi escondite y me increpan a toda hora con enfrentamientos sublimes entre ellas. No sé desde cuándo las conozco pero me hablan a toda hora bajo los influjos del viento. A ratos soy una, y luego soy otra pues ellas exigen de mí la supremacía. Una no reconoce los lamentos ni entiende el origen de mi angustia, y la otra me sumerge a los abismos con reproches sanguíneos. Pero me conforta el vacío que existe entre las dos cuando a ratos se alejan de mí. Es un hueco que queda debajo de mis carnes y que podré llenarlo a mi antojo con un pedazo de pan, o con el molinillo que usa la única madre de esta casa. Y tal vez nada llene ese vacío, pero no importa, así me quedo, entre esta nada que no es nada, porque nada es nada y eso es importante.

No dejaste nada en la charola, el hambre es canija ¿verdad? Pues ya era hora que reaccionaras porque yo no soy tu gata. ¿Qué me miras, estúpida, de que te ríes? Pero tú, madre, pusiste una cara más estúpida que la mía, al preguntar.

domingo, 26 de julio de 2009

SOMOS UNA FAMILIA

Personajes

Iza, 13 años, hace sarapes.

Felipe, 46 años, jornalero en el campo.


Escenografía

La escena se desarrolla en una jardinera que está afuera del taller de artesanías donde trabaja Iza.


Época

Chiapas 2008.


Al abrirse el telón vemos:

Es de noche, Iza está sentada en una jardinera afuera de su trabajo. Cuenta su paga, cuando Felipe la aborda.


FELIPE: Por fin te encuentro, a dónde andas chamaca que tu mamá está re preocupada.

IZA: Entré a trabajar. ¿A qué vino?

FELIPE: Te digo que tu mamá me mandó, ámonos a la casa. (La toma del brazo).

IZA: (Se jala para que la suelte) Ya vivo en otro lado.

FELIPE: Cómo eres burra chamaca, tu mamá está enferma y necesita que la ayudes a cuidar a tus hermanos. Ya sabes pues, como es más grande que yo aguanta menos. (La obliga a pararse de la jardinera) Ámonos, camina.

IZA: No quiero volver pa’ allá, yo ahora vivo en otro lado. Ayúdela usted, son sus hijos ¿no?


Pasan algunas personas cerca de ellos. Iza aprovecha el momento para soltarse de Felipe e intenta huir, pero Felipe la alcanza y la abraza de la cintura.


FELIPE: Si quieres te acompaño por tus cosas y nos regresamos a la casa.

IZA: Pos cuando le dije que sí regreso.

FELIPE: Eres una malagradecida, tu mamá es re buena contigo y mira cómo le pagas.

IZA: Mi mamá nomás piensa ya en sus escuincles.

FELIPE: ¿Por qué te juiste he?, tus hermanos andan solos por hay, por la hierba todo el día y nadie les da de comer, la otra vez el chiquito se bajo al barranco y no lo mirábamos desde que nos juímos al arado.

IZA: Pos que se quede ella a cuidarlos, nomás anda tras de usted.

FELIPE: Ella me acompaña a trabajar, entre los dos ganamos más, no seas sonsa.

IZA: Usted se la pasa en los pulques todo el día. Ella que se quede con los escuincles y usted trabaje de adeveras.

FELIPE: Tú debes estar en la casa, mocosa, cuidando a tus hermanos, pa’ que te juítes, acá estás mejor y no tienes que coser sarapes.

IZA: En la casa hago cosas que no me gustan.


Felipe la avienta contra la pared y la aprisiona de los hombros intimidándola.


FELIPE: Te voy a dar con la riata, mejor ámonos.

IZA: Luego voy.

FELIPE: Cuándo es luego.

IZA: Luego.

FELIPE: Tu mamá tiene dolor de caballo y no puede cargar y hacer la masa.

IZA: Pos déjela en la casa, no se la lleve a la siembra.

FELIPE: ¿Por qué te juítes? Somos una familia.

IZA: Usted no es mi papá.

FELIPE: Como si lo fuera mocosa.

IZA: Pero no lo es.

FELIPE: Tus hermanos te buscan y te buscan y no te miran.

IZA: Luego voy a verlos.

FELIPE: Se nos van a morir de que nadie los cuida. Se quedan solitos todo el día y se van a las cuevas.

IZA: Dígale a la esposa de Don Cipriano que los mire.

FELIPE: (Grita) Pos que no entiendes que somos una familia. Tu obligación es cuidarlos mientras su madre y yo traemos los frijoles.


Felipe la jala de los cabellos.


IZA: ajá.

FELIPE: Ámos por sus cosas, ¿dónde está durmiendo?

IZA: Luego me voy.

FELIPE: Ámos ahora, obedezca, que es todavía una mocosa.

IZA: Acá duermo bien y le pago mi comida a la señora.

FELIPE: ¿Dónde duerme?

IZA: Por hay.

FELIPE: ¿Tú quieres que tu mamá se muera verdad?

IZA: No.

FELIPE: Pos se va a morir si no regresas.

IZA: ¿Por qué me dice eso? (Llora asustada)

FELIPE: (pela los ojos). Se va a morir de verdad y tú vas a tener todita la culpa.

IZA: Es que yo acá duermo bien. Mejor déjeme así.


Felipe prende un cigarro y su tono de voz se vuelve complaciente.


FELIPE: Pos acá también dormías bien, tienes tu petate pa’ ti nomás.

IZA: Allá no duermo.

FELIPE: Pos ahora si vas a dormir bien, de veras, y si te apuras hasta tempranito.

IZA: Mejor me quedo acá.

FELIPE: Entonces ve nomás a despedirte de ella. A lo mejor no la vuelves a ver viva.

IZA: Si la vuelvo a ver.

FELIPE: Yo creo que ya no la vuelves a ver.

IZA: Voy a ir a verla con mi madrina.

FELIPE: Tu madrina se jué a San Cristóbal, le quitaron el jacal. (Se carcajea) Ámos por tus cosas que ya me estoy calentando de adeveras. ¡Jálele!

IZA: Si voy.

FELIPE: Pos ándale camina. (Él se adelanta, pero ella no se mueve)

IZA: Sí, luego voy.


Felipe se quita el cinturón y levanta la mano para asestarle un golpe. Iza cierra los ojos y agacha la cabeza.


FELIPE: Ahora sí te chingo escuincla. (Pega en la pared con su cincho): ¿Por qué eres tan terca? Camina.

IZA: Sí.

FELIPE: Pos ya… que se hizo renoche.

IZA: (Suplicando) Ya no quiero que usted se acueste conmigo porque ahora sí lo mato. De veritas que sí lo mato.


El llanto de Iza es entrecortado. Unas personas pasan y se les quedan mirando a los dos. Felipe abraza a Iza y finge consolarla.


FELIPE: Ya no llore mijita, su mamá se va a poner bien, nada le va a pasar. Ande, regrésese a su casa para que la cuidemos. Acuérdese que somos una familia.


Las personas le sonríen a Felipe y se alejan en la oscuridad. Felipe aprovecha la soledad de la calle para acariciar los pequeños senos de Iza.

Telón.

viernes, 10 de julio de 2009

Oníricamente muerta



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El día y la noche, no el lunes ni el martes,
ni agosto ni septiembre;
el día y la noche son la única medida
de nuestra duración.
Existir es durar, abrir los ojos y cerrarlos.
Jaime Sabines.

Es un sueño que gestó la muerte...

Ella ensaya las formas de morir de día
o a cualquier hora, con el rostro apagado
como un gato que duerme eternamente
con las patas cansadas de pisar tantos tejados.

En esa hora del día en que nada acaba y nada empieza
cuando la ciudad es un cadáver que ronca
el cielo desteñido cierra sus nubes oscuras
con el claro de luna se dibuja el horizonte.

Pálidos dedos deshacen agujetas Converse
y llevan el líquido tóxico a la boca seca.

Inmóvil ella
juega su sangre al perpetuo silencio
inclina su conciencia al techo cuarteado
se persigue a sí misma en un círculo vacío
sin alcanzarse en la contracción de la muerte.

Ya es un leve gemido de espuma
que nunca más regresará del mar de la inconsciencia.

Conectada
su libertad atrapada en la trampa bruma
ella se resiste a la vida sin sentido
y la muerte se resiste a destiempo.





martes, 2 de junio de 2009

UN SUEÑO (Inicio de novela)

Ciudades nocturnas, de Paul Delvaux



Lo recuerdo con claridad. Estaba parada bajo un cielo sin profundidad, con nubes bajas y largas como fumarolas que trasparentan los rostros de los que están arriba gritando; observando al mundo o deseando estar en él.

Hasta que descubrí mis pies al filo de una alberca ovalada de azulejos blancos, mientras trataba de calcular la profundidad de mi salto. El fondo no se distinguía y el sol se me pegaba en los contornos del traje de baño. En el otro extremo de la alberca dos hombres sobresalían del agua como cortados por un frágil vidrio de la cintura para arriba. Conversaban mudos mientras se protegían la piel bajo las ramas de una bugambilia que abanicaba rítmicamente sus cabezas.

El silencio dominaba el medio día. Veo que los hombres movían las bocas groseramente y sin embargo no lograba oír nada; pero tampoco me importaba mucho. El agua me hipnotizaba, me atraía como un vaso de whisky a un alcohólico. Asistiría al gran encuentro como si mis pies fueran a ser lavados por primera vez. Caminé. Los hombres por fin me miraron con ojos curiosos; como si esperaran lo que estaba haciendo y al mismo tiempo hiciera algo fuera de este mundo. Yo no podía saber que el agua se enfriaría removiendo los recuerdos de mi pasado; me pregunté ¿quién era y qué hacía allí? Pero esa lucidez era artificial o de una manera que todavía no conocía, porque cuando crees que te habita el inconciente se vive desde cualquier plano de la realidad dejando de ser; o siendo quien sea.

Por un momento me sentí observada hasta en el leve aleteo de mis fosas nasales y en la dureza de mi quijada. Descendí dándoles la espalda a los hombres hasta que el agua, cada vez más helada, me envolvió hasta el pecho. Bajé un escalón más hasta sentarme en la boca de lo que parecía un tobogán que nacía en lo profundo del agua. En la estructura de cemento, mi espalda quedó en dirección al precipicio y me resbalé lentamente. Me asustó no tener el control de mis movimientos —o que ya no quisiera controlarlos— estaba atrapada en la gravedad del líquido sin saber a dónde iba; pero al menos podía respirar.

El tobogán era como un túnel oscuro por el que descendía circular y rápidamente sin oponer resistencia. La oscuridad fue interrumpida por algunos flashes de imágenes brillantes e irreconocibles a primera vista, pero poco a poco la pulsación de las luces duró cada vez más hasta que quedaron encendidas permanentemente, así podía distinguir mejor las formas. Algunos eran cuadros multicolores parecidos a los vitrales de las iglesias. Otros eran como mosaicos de colores fuertes.

Mis ojos se llenaron de un morado intenso, de un rojo sangre, de amarillo y otro tanto de verde. Los colores se extendían en líneas discontinuas y sin forma, pero aún así, me provocaron una emoción que hizo palpitar mi corazón aceleradamente. Tuve la sensación de que cada color era un tramo de mi vida e incluso, que en ellos estaba la vida del mundo. Tuve miedo, no supe en realidad si se habían apagado los colores, pero yo quedé a oscuras otra vez durante las dos últimas vueltas.

Me acercaba a una gran boca que me succionaba con fuerza; supe en ese momento que la caída era inevitable. ¿Dolerá? alcancé a preguntarme, pero antes de responderme desemboqué.

Abrí los ojos inmediatamente pero era como si observara a través de la lente de un microscopio, pues solo veía burbujas diminutas entre los rayos del sol que se filtraban bajo el agua. Por un momento sentí que debía subir por donde había llegado pues si me dejaba arrastrar por la turbulencia ya no habría forma de regresar, pero el túnel por dónde había descendido ya no estaba. ¿Había estado alguna vez? Cuando por fin reinó la calma, me dí cuenta que estaba en el fondo de la alberca y entonces comencé a flotar hacia la superficie como un globo. Durante el ascenso miré con incredulidad que mis pies eran más pesados que el resto de mi cuerpo y mi cabello era como una medusa succionando mí rostro.

Cuando todo se detuvo, el aire cálido del exterior acarició mi espalda húmeda. No podía moverme, intentaba volver la cara al exterior y nadar hacía una orilla sin conseguirlo. Agité mis brazos con desesperación, mis piernas; todo mi cuerpo, o al menos eso creía yo que hacía, pero el agua permaneció en absoluta calma y mi cuerpo también.

Los minutos pasaron con una quietud abrumadora; estaba allí, flotando a la vez que respiraba, conciente de mi condición infrahumana, sin poder gritar, sin ser dueña de mí.

El tiempo dejó de extenderse y no supe si fueron veinte años o un minuto lo que había trascurrido. No sabía si era mentira mí cuerpo y todo lo que me rodeaba. Alcancé un estado etéreo, confuso; experimentaba un sueño tan real, o eso creía.

En algún tiempo allá afuera, oí el aullar de una ambulancia y los pasitos apresurados de hombres diminutos que balbuceaban cosas sin sentido. Uno de ellos se lanzó pesadamente rompiendo la quietud del agua que sacudió mis extremidades y mí cabeza sin ritmo, nadó hasta mí y sostuvo mi cuello fuera de la alberca. Sí, allí estaban el mismo cielo y la misma bugambilia. Podía verlos como una imagen que se ve detrás del agua o era toda el agua que estaba dentro de mis ojos.

Supe que el cuerpo no obedece a la voluntad en el gran espasmo onírico, así que dejé de luchar en vano. El filo de la alberca raspó mi costado izquierdo cuando me sacaron del agua esos hombres que tenían urgencia de ser héroes, y al depositarme en el suelo el pasto me picó las piernas. Tuve la certeza que ése frío que sentí mientras mi piel húmeda se secaba con el viento vespertino, era el mismo frío de cuando salí de un vientre que no recuerdo. Algo le sucedía a mi boca, a mis huesos, a mis pulmones, algo que hacía que me abandonaran o que yo saliera de ellos, que dejaran de ser míos; pero aún lo son.

Los hombrecillos se fueron echándome miradas de desaprobación cuando cogí una granada abierta y me la llevé a la boca para apagar una sed que crecía. Me sentí tan vacía, tan sola, pues aunque no sabía qué era, supe que se habían llevado algo mío; algo que ya no podría recuperar pues no sabría a quién pedírselo.

Me levanté. Tambaleante caminé hacía la casa que estaba al fondo del jardín. Era hermosa por fuera, parecía un chalet suizo perfectamente bien cuidado. Había dos puertas de madera, una más ancha que la otra, pero estaban cerradas; las ventanas también. Necesitaba conseguir urgentemente algo de ropa, ni siquiera me había provisto de una toalla para cubrirme después del chapuzón.

Regresé decepcionada al borde de la piscina, el sol iba cerrando su ojo entre las nubes grises, el zumbido de las ramas de los árboles atraía a los pájaros a sus nidos y el pasto poco a poco cambiaba de color nocturno.

Todo se había vuelto abstracto en ese lugar denso de tanto aire, y aún así, el entorno era cada vez más estático; inerte. Nunca me había sentido tan desarraigada del piso y del aire como ahora. Abandonada por mí misma. Necesitaba saber cosas, ahí descalza, pues tenía la certeza que en ese lugar estaban todas las respuestas, pero mi cabeza estaba hueca y no atiné a formular ninguna pregunta.

La mancha negra en el cielo se extendió por todo el horizonte. Con los pies arrugados caminé por unos rectángulos de concreto mientras una que otra piedrita suelta se incrustaba en mis plantas. Me alejé de ese lugar estacionado y mudo en busca de mi tiempo y de mí espacio, estaba segura que andarían buscándome, querrían saber si estaba bien y por qué salí sin ellos, pero no tenía respuestas para quien me fuera a preguntar.

Llegué a una calle ancha, parcialmente iluminada por algunos faroles viejos que no habían dejado de funcionar del todo. Un buen tramo anduve sola, pero después rebasé a otras personas que caminaban más lento que yo. Primero alcancé a una mujer mayor que cargaba una gran joroba entre el cuello y el omóplato izquierdo, los pies le sangraban y sudaba cansancio, cuando estuve a su lado me miró sin dibujar expresión alguna en su rostro. Después alcancé a un niño como de once años que traía puesto unos auriculares, al verme infló los cachetes y cerró los ojos unos instantes para después bajar la mirada y concentrarse en un aparatito que sacó del bolsillo de su pantalón. También rebasé a otras dos personas que ni siquiera voltearon a mirarme, pues iban abrazadas, mirado el suelo y murmurándose palabras inaudibles a mis oídos.

La calle terminaba justo en la entrada de un edificio muy alto. Era una construcción antigua hecha de ladrillo quemado y que en su parte más alta tenía forma de estupa muy bien iluminada. La puerta era de un vidrio transparentísimo y se abría sola apenas nos acercábamos a ella. Algunos de los que llegaban a la entrada daban media vuelta y comenzaban la marcha de regreso —así lo hizo la anciana de pies sangrantes que apenas llegó y emprendió el retorno como si fuese una costumbre o una tarea—, otros entramos sin dudar.

El pasillo principal estaba atiborrado de gente ensimismada en su trabajo. Hombres y mujeres entraban y salían de los cuartos cargando objetos que les eran indispensables para sus labores. Las lámparas de halógeno parpadeaban en el techo escarapelado amenazando con apagarse. De cada habitación salía un bullicio de diferente intensidad: en uno podía oír murmullos, de otro salían voces, gritos en el del fondo, y en el cuarto de enfrente se escuchaban lamentos de dolor. Era como si las personas estuvieran clasificadas por la intensidad con la que se expresaban. Dentro del caos había un orden lógico para los que allí permanecían, pues actuaban con naturalidad, sin embargo, yo tenía la sensación de que en el sótano el tiempo trabajaba a marchas forzadas, girando la gran rueda a cada latigazo que le tiraban en la espalda.

Todos los que habíamos llegado casi al mismo tiempo estábamos desconcertados, sin saber qué hacer o hacía dónde seguir. Me recargué en un muro que dividía dos cuartos cerrados y observé por algún rato. Poco a poco, las personas que estaban conmigo fueron entrando a las distintas habitaciones por decisión propia o al azar —no lo sé— pero lo que sí sabía era que nuevamente estaba sola y fuera de lugar.

Por fin se presentó la oportunidad de indagar algo más de lo que veía; una mujer alta y rubia por decisión propia, salió de un cubículo a pasos lentos, mirando de reojo a las personas que continuaban entrando al edificio a cuenta gotas. Sonreía complacida al ver que se introducían en algunas de las habitaciones, como si eso le garantizara el buen funcionamiento del lugar. Me acerqué a ella levantando la mano derecha para llamar su atención; enseguida, ya estaba junto a mí. Entonces, la falsa rubia me sonrió como la amiga que ha esperado por horas a la impuntual que nunca llega temprano; me miró de arriba abajo y sentí vergüenza por el gesto compasivo de sus ojos, o tal vez por el charco de agua que se había acumulado alrededor de mis pies. Te vas a sentir mal si no te secas y te vistes pronto —me dijo, preocupada—. Me irritó mucho su recomendación, pues en ese momento lo que menos me importaba era enfermarme; pero al mismo tiempo, su observación sacudió la inconciencia de mi sueño: otra vez flotó dentro de mí la lucidez y me percaté que estaba extraviada en un lugar al que no sabía para qué había ido, pero sí tenía la certeza que encontraría algo que me había sido arrebatado en alguna hora del día.

Aquí está Julieta de los Monteros —siguió hablándome mientras consultaba una lista que extrajo de la bolsa de su chaqueta—, sí, está en otro piso. Vamos, te llevaré de una vez ahora que puedo.

Mientras caminábamos hacía el final del pasillo los gritos se volvían cada vez más insoportables, pero sólo para mí, pues la rubia parecía estar muy habituada a semejantes sonidos. Doblamos a la izquierda por otro pasillo más angosto que el anterior y pasamos por un cuarto abierto, atiborrado de personas que estaban en absoluto silencio mirándose unos a otros con total indiferencia. Nuevamente llegamos hasta el final del pasillo y allí abordamos un elevador. Tienes suerte de que esté abierto —Me dijo— otras personas han esperado muchas lunas para subir.

Comenzamos a ascender lentamente y yo no atinaba a decir nada. Esperaba que ella dijera algo más pero no lo hizo. Íbamos por el piso dieciocho y yo comenzaba a sentir como me invadía un calor que entraba por mis pies descalzos y llegaba hasta la mitad de mis muslos. En el piso cuarenta y nueve ya estaba yo sudando del cuello; por fin bajamos en el piso sesenta.

Casi adivino que recorreremos la estancia de forma circular y poco iluminada, a diferencia de la planta baja, aquí todo estará en calma absoluta. Avanzaremos por una gran habitación abierta donde poco a poco iremos perdiendo la visibilidad. Nos detendremos en la puerta con forma de arco donde a través de sus contornos se filtraran destellos de luz. Antes de abrir la puerta la mujer acaricia mi cabello.

En realidad eres muy delgada y frágil. Pero nunca somos lo que aparentamos, ya lo verás —me dijo— Mientras más rápido te reconozcas y lo aceptes será mejor para ti.

Entramos sin mucha prisa, ella primero y después yo, alcanzando su mano que ella me ofreció en un gesto amigable. Nos dirigimos hacía una mesa y sin más preámbulo me descubrió a mí misma.

Era un bulto grande, ancho y prominente, cubierto por un plástico delgado parecido al látex del cual se deshizo, destapándolo con un movimiento ágil lo dejó caer hacía el otro lado de la mesa. Lo que vi no me decía nada y la rubia lo notó.

Entonces dijo: “eres tú, Julieta de los Monteros. Esto es lo que has venido a buscar hasta aquí, lo perdiste hace tres días y te ha costado mucho trabajo volverlo a encontrar”.

Todavía en este punto creí que iba a despertar en algún momento, me sentía hasta el límite de mi capacidad perceptiva y comenzaba agotarme. Pero el sueño seguía y yo quería seguir viviéndolo, sin embargo, lo que tenía en frente no podía ser yo; era una broma del subconsciente.

Sobre la mesa estaba una mujer desnuda con más de sesenta años encima, pesaba arriba de cien kilos distribuidos principalmente en el pecho y el abdomen en grandes lonjas, su piel morena estaba llena de jiotes y de paño, y su cabello canoso estaba grasiento.

¿Cómo hago para despertar?, ¿Cómo regreso a mi vida? —Quise preguntar— pero antes de hacerlo surgieron otras preguntas: ¿Cuál vida?, ¿Qué dejé de vivir?

Todo indicio de que estaba soñando se desvaneció por completo.

“Porque cuando crees que te habita el inconciente se vive desde cualquier plano de la realidad dejando de ser; o siendo quien sea”.

Las cosas cobraban sentido de golpe, había recorrido mi propia muerte creyendo ser otra persona. Cuando por fin lo acepté comencé a sentir una dualidad corpórea pues igual podía ser ella o podía ser yo en el momento que quisiera.

Ahora sé que hubiera deseado ser más “yo” que “ella”, pero eso ya no importa, porque después de todo, las dos estamos muertas; yo, realmente morí hace mucho y ella, tan sólo hace tres días.

¿Vine a su encuentro para completar con su muerte un tramo de mi vida? ¿O soy yo quién está completando su muerte?

Ambivalencia; preguntas a la nada. Así fue como inicié los doce días de mi transición.