Que serás cuando de noche estés al fin del camino...

Fernando Pessoa.




viernes 7 de enero de 2011

Sequía


Esa mañana el frío era como un cuchillo de hielo que me partía la cara, mientras esperaba que la cubeta se llenara a cuenta gotas. Debía llenar tres. Imposible con la miserable ración de agua que se nos permitía almacenar nada más entre las seis y las nueve de la mañana. Después de esa hora la tubería se volvía seca y oxidada, sin esperanzas de exprimirle chorro alguno.

―No va a venir, convéncete ―le dije a Ita, frotando mis manos enfundadas en esos guantes viejos que encontré a buen precio en el tianguis de San Agustín.
―El cielo se ve cuarteado. Va a arreciar el frío ―me dijo ella, sin hacer caso a mis palabras; con la mirada puesta en el vasto horizonte que enfrentaba nuestra choza cada día.

     Las cartas llegaban muy puntuales al principio, cada fin de mes, al cabo de un año recibíamos a lo mucho una cada tres meses, hasta que nos acostumbramos a las tarjetas de cumpleaños solamente: una para Ita y otra para mí. Inesperadamente, a finales de noviembre y sin ser cumpleaños de ninguno de los dos llegó aquella en la que nos anunciaba que vendría para Noche Buena.

     Ya era Navidad: un pollo rostizado se quedó completito en su bolsa de papel estraza aguardando ser el banquete de su recibimiento. Un manjar digno después de cuatro años de no verla. Pero nuestra madre no llegó.

     Ita aún tenía esperanza y esperaba que de un momento a otro apareciera su figura subiendo la loma. Tal vez no encontró camión, decía, cuando yo pensaba que era comprensible que mamá no quisiera regresar a la pobreza de nuestro pueblo, de nuestra casa. Pero lo que no estaba bien era que jugara con las ilusiones de mi hermana, pues yo, desde que se fue, vi en sus ojos la mirada sin retorno.

     La noche anterior Ita se había ido a dormir con las mejillas mojadas, decía que era por el calor que le producía el vapor de la olla con el ponche hirviendo, pero yo sabía que le escurría el llanto cuando se encontraba de espaldas y removía el líquido sobre el anafre cuando ya casi eran las doce.

     Aún recuerdo a Ita esa Navidad. Con su capucha verde y la chamarra negra sintética que se compró con los veinte dólares que le mandó mamá en su cumpleaños. Recargada sobre los troncos apolillados que sostenían su fiel espera, y los restos de nuestra hogar. La veo ya con la mirada lejana, hoy que cumple sus dieciséis, y a un año de que también ella se ha ido con quién sabe quién. Entre tanto yo aún sigo llenando las cubetas con el miserable chorro de agua que nada más me visita de seis a nueve de la mañana.

Imagen tomada del blog Las Historias de Alberto Chimal.

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