viernes, 9 de abril de 2010

Les dejo un avance de mi novela...

Paul Delvaux, "le miroir", 1936

Capitulo 9 (Locura)

Mi sombra levita al ras del colchón. Mis brazos extendidos son las alas que nunca pudieron levantarme ni sostenerme. Con las palmas de las manos hacia arriba me equilibro en el aire y nada más. No suplico ni espero nada del de arriba porque arriba estoy y aún no lo he visto. Por encima de mí, y por encima aun de mi madre sigo existiendo en el vacío. Traspaso la almohada con la cabeza echada atrás, inmersa hasta el cuello en las profundidades del colchón, busco en la médula de los objetos el impulso que origine los recuerdos. Oigo rechinar los resortes aplastados cuando se expanden lentamente comunicando hasta mi cerebro las sensaciones dormidas por años. Huelo el óxido del metal y aspiro un poco de borra vieja cuando se alarga el espasmo, hasta que la sombra de mis pies también se entierra en las profundidades del colchón formando un arco con el resto de mi cuerpo que aún levita. Inquieta, pernocto en un sitio y en un tiempo crispado por descargas eléctricas que me recorren desde la base del cráneo, por la columna y hasta los pies, desempolvando cada uno de mis nervios, provocando que recobre cada una de las emociones de la vida que viví…


Llegaste a casa muy tarde. Oscura. Tan oscura como la casa que aguardaba llena de morbo conocer el secreto. Oí girar el picaporte de la puerta aún con una leve esperanza, aunque todo estuviera en tu contra. Mintiéndome, me levanté del sofá para escoltar tu entrada y recibir algo que de antemano sabía que no me darías. Y te seguí hasta encendernos con la luz sucia del foco de 40 watts. Mientras te quitabas el chal y recorrías la estancia, te perseguí con las piernas trabadas y los brazos extendidos, como un robot que está obligado a ejecutar la tarea para la que fue programado. Pero tú ni siquiera volteaste a mirarme. Continuaste tu camino hasta la cocina y prendiste el fuego…

Mamacita… ¿mi hija?, te pregunté. Pero el chorro del agua que llenaba el pocillo de peltre ahogó mi voz entrecortada. Mamacita… ¿dónde está mi hija?, insistí, mientras el agua ya se entibiaba sobre la estufa. Por favor, madre…

Tú no tienes hija. Nunca la tuviste, ¿me entiendes?, y ahora déjame cenar que vengo muerta de cansancio, me contestaste, con una voz tan convincente que casi te creo. Incrédula y suplicante, te observo por unos minutos mientras continúas preparando tu cena. Entonces surge en mi conciencia una lucidez como nunca antes la había tenido y nunca más la volvería a tener. Te vi tal como eras, con el gesto adusto y la boca retorcida de complacencia, y ese descubrimiento me dejó petrificada. En ese momento tan poderoso comprendí que yo había nacido para ser odiada por ti y que tú eras mi madre para poderte odiar…

El arroz y el pollo que pusiste sobre el plato se convirtieron en mi primera arma contra ti. Con el cuerpo crispado por la ira y la impotencia, arrojé los alimentos sobre tu cabeza. Cegada por las lágrimas golpeé tu cuerpo con los puños cerrados, con tanta fuerza que hasta mi me dolía, y cuanto objeto estuvo a mi alcance te lo lancé hasta que te hartaste. De un solo empujón lograste deshacerte del ataque y me mandaste hasta el piso… Infeliz, se te va a secar la mano por pegarle a tu madre, me dijiste, con los ojos más negros que nunca, desorbitados por el odio. Entonces me dejé arrastrar por ti, de los cabellos, hasta mi cuarto, mientras un chorro de sangre caliente escurría de mi entrepierna con cada escalón que subía. Y otra vez me encerraste en ese cuarto sombrío para desterrarme hasta de mí misma. Vencida. Totalmente convencida de que ese era el sitio más seguro para estar…

Incluso ahora lo sigo creyendo, mientras aguardo que se disipe el miedo que me produce la exaltación de esos momentos, mientras espero la hora de tu afrenta, madre. Me das más miedo en el recuerdo que ahora que sé que estás por llegar a mi espacio.

Este refugio atemporal me otorga el don de conocer los secretos de la muerte mientras encaro mi destino. Por eso el colchón vibra lentamente cuando revivo tantas penas, oscila bajo el equilibrio de mi sombra en torno a algo más grande que las propias paredes que lo acotan…

Y me veo allí. En la semioscuridad de una eterna madrugada estoy sentada a los pies de la cama. Una luz macilenta apenas penetra por la abertura lateral de la cortina. Escurren sin control secreciones por los orificios de mi rostro con cada espasmo que sobresalta mi pecho y mi abdomen. Busco respuestas en el piso cada vez que lanzo preguntas al techo de mi cuarto; al foco sin luz, como si acaso este fuera un Dios apagado, shshshsh… ¿Acaso es Dios quién sisea en mi oído cuando suplico?

Estoy partida en dos, cuerpo y alma aislados el uno del otro y sin ninguna relación entre ellos. Separada de mis cuatro cuartos. Porque tuve dos cuerpos y sentí dos almas palpitar dentro de mí. ¿Qué voy a hacer con mis mitades? ¿Y qué voy a hacer también contigo, madre, y con este odio que nace de mis entrañas?

El tiempo se desparrama sin control en la hostilidad de mi cuarto. Amaneceres que ya no me pertenecen y oscuridades que invaden mi espacio esparciendo su negrura como sombra perpetua e irrefutable. El filo de otra noche posa sobre mi cabeza como la punta de una espada desenvainada, amenazando con privarme para siempre del dulce sueño y el matutino canto de los pájaros. Con gritos silenciosos, incontables veces le pido a Dios leche y agua para mi hija, brazos tibios que la sostengan y una voz que le susurre al oído. Los ojos me duelen de tan abiertos que están, toda la órbita resintiendo el peso de la realidad. Resecos. Me niego a parpadear, pues temo que con ello se borre la imagen todavía nítida del pequeño rostro de mi hija. Con los brazos inmóviles y la espalda tan encorvada que mi barbilla casi roza las rodillas, me niego a sucumbir ante el sueño. Mi cerebro embotado comienza a dar órdenes de ignorar el dolor. Un bicho iracundo intensifica la anestesia en mi cuerpo, cuando consigo que retrocedan sus patas al hostigarlo con mi zapato derecho.

Con la lluvia que resbala por el vidrio de la ventana y los truenos que cimbran al mundo, yo suplico la apertura de las puertas; correr los cerrojos que me aprisionan y ser guiada por Mis, hasta el templo del maldito. Imagino las comisuras de sus labios curvándose hacía arriba, complacida del sufrimiento del crucificado y otorgándome el permiso de apedrearlo. Y en el altar, a los pies del colgado, mi premio al agravio cometido será encontrar a mi hija con todos sus huesos intactos y su piel rosada.

Pero nada sucede en el encierro. Dejo de alimentarme de sueños y sucumbo al cansancio atroz que me persigue, pero antes de cerrar los ojos, íntimamente me despido de mí abrazándome con las últimas fuerzas que me quedan, pues intuyo que al despertar ya no seré la misma. Hema se abre paso entre el fuego, Julieta, guaracaché, guaracachá, una panza alcanzarás…

Me persiguen y debo huir de sus intenciones. Con los párpados entreabiertos poco a poco me alejo de la vida para caer al abismo acucioso del sueño sin saber por cuánto tiempo.

Despierto de tarde, aturdida y temblorosa camino hacia la ventana. Llueve. Y sonrío, pienso que está bien que llueva porque yo estoy dentro y no me mojo. Y no me mojo porque nada me toca. Y nada me toca porque estoy dentro. Llueve tanta agua gris que ya no recuerdo el azul del cielo y últimamente sólo miro anochecer. Ignoro los días que han trascurrido; ya no importa pensar con seriedad en el tiempo. Comienzo a concentrarme en el debate que germina en mis oídos pues se torna imperioso poner a cada una en su lugar.

No pienses en nada porque nada es importante, Julieta, michontoiguer, michonteiguer, Mis, usa pinceles…

Hema regresa de la nada y yo me lleno de angustia cuando ella me recuerda que tenía algo en las manos y ya no. No logro arrancar esa sensación de pérdida y extravío mientras me habla. Frente al espejo sucio miro unos ojos sin color que no me dicen nada. No sé si es otra la que está frente al espejo o soy yo. Nada duele, nada cansa. Reniego del encierro cuando descubro que afuera nada me importa. Necesito salir de este cuarto para dejar frente a una iglesia a esas que invaden mi escondite y me increpan a toda hora con enfrentamientos sublimes entre ellas. No sé desde cuándo las conozco pero me hablan a toda hora bajo los influjos del viento. A ratos soy una, y luego soy otra pues ellas exigen de mí la supremacía. Una no reconoce los lamentos ni entiende el origen de mi angustia, y la otra me sumerge a los abismos con reproches sanguíneos. Pero me conforta el vacío que existe entre las dos cuando a ratos se alejan de mí. Es un hueco que queda debajo de mis carnes y que podré llenarlo a mi antojo con un pedazo de pan, o con el molinillo que usa la única madre de esta casa. Y tal vez nada llene ese vacío, pero no importa, así me quedo, entre esta nada que no es nada, porque nada es nada y eso es importante.

No dejaste nada en la charola, el hambre es canija ¿verdad? Pues ya era hora que reaccionaras porque yo no soy tu gata. ¿Qué me miras, estúpida, de que te ríes? Pero tú, madre, pusiste una cara más estúpida que la mía, al preguntar.
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