sábado, 28 de junio de 2008

La decisión


I
Esa mañana transcurrió densa para Sara, entre sus divagaciones y las condolencias que aún le proporcionaban sus empleados y alguno que otro amigo. Estaba en esa oficina cómoda y elegante. Demasiado elegante para dirigir nada. Siempre estuvo orgullosa de su espacio, decorado con exquisito gusto, que desde hace ya un tiempo levantó su frente en medio de las Lomas de Chapultepec.
Ahora ese cuarto era el puño de un gigante. El día invernal acentuaba su tristeza. Se confabulaba en su contra. Las paredes se achicaban al punto de asfixiarla. Quería escapar de allí, o que algo la arrancara de ese momento, sin embargo debía dejar en orden sus documentos.
No le quedaba más remedio que recibir las muestras de afecto y solidaridad, prometía cuidarse, y aceptaba sin conceder, que aun había cosas bellas que le deparaba la vida. Secaba sus lágrimas de vez en cuando, mostrando una serenidad digna de aplaudirse, y continuaba en su tarea.
Firmó cheques, entregó la carpeta de documentos legales de su empresa a Judith, su secretaria, borró información de su computadora y rompió algunos papeles que le estorbaban. Su forma de conducirse y de actuar era mecánica y dolorosa. Pocos se atrevían a romper su ensimismamiento, tratando de rescatarla a su nueva realidad.
Pero a Sara nadie la podía rescatar, su mirada se perdía en un punto, en un vacío, al tiempo que sentía la cabeza estallar. Ese malestar fue como un recordatorio para ella. Buscó en su bolso, repasó en su memoria que nada le faltara y que todo estuviera ahí dentro: una botella de tequila, un litro de anticongelante, jeringas y sus cigarros.
Para la hora del almuerzo, Sara había tomado la decisión, el domingo siete de Enero ella moriría, entre las doce treinta y las dos de la mañana, en el hotel Fiesta Americana, habitación por confirmar.
Como carta póstuma, preparó algunos recortes de periódicos y los dispuso sobre el buró del hotel. La foto de su hijo Uriel figuraba en páginas centrales con el encabezado “Asesinado con tal solo siete años de vida”.
II 
Después de varios golpes en la puerta sin que nadie abriera, el licenciado Roberto Monroe le pide al gerente que abra la habitación y entra en la escena. Media docena de peritos y fotógrafos van detrás de él. 
Roberto Monroe inspecciona el área. Se acerca a un costado de la cama y toma los recortes de periódicos. El encabezado es claro. Abajo, con letra más pequeña se lee:
"El cuerpo del menor fue encontrado a las faldas del Ajusco, según información proporcionada por la agencia Federal de Investigaciones (AFI), el secuestro de Uriel Aguilar fue una confusión de los sicarios,  ya que se encontró una nota junto al cuerpo que decía:”Disculpen la equivocación”, por lo que se ha montado un operativo alrededor del colegio donde estudiaba la víctima, pues se teme por la seguridad de el hijo de conocido y afamado político, inscrito en el mismo plantel, el cual asegura haber recibido fuertes amenazas desde hace varios meses".
III
Sara yace tendida sobre la cama, sus ojos entre abiertos parecen seguir buscando a su hijo en otro abismo. Roberto Monroe, después de examinar el cuerpo se dirige a la salida, afirmando  a los presentes sin temor a equivocarse que el caso está cerrado.




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