jueves, 3 de julio de 2008

La silla


Es lunes. El ruido que hacen las puertas del closet, rompen el silencio en la casa de don Jorge. Nadie se ha levantado aún, sólo él comienza su vida rutinaria a las seis de la mañana. Abre y cierra cajones buscando algo que comienza a molestar a los demás. Simula matar insectos en la pared contigua a la de su hijo y de su nuera, y la cocina, que la noche anterior quedó perfectamente limpia, él la deja en un completo desorden al prepararse un café. Su hijo pregunta desde su habitación si ya se va al trabajo; don Jorge responde azotando la puerta.


     Llega a su negocio embotado por el tráfico. El chirriar de la pesada cortina de metal, al abrirla, pareciera que hace eco a su vida oxidada y gris. Como todos los días, acomoda los envases de refrescos y cervezas afuera de su tienda. Una mujer que pasa con su hijo, lo saluda con voz tímida, don Jorge emite un gruñido indiferente. 
     La fría mañana de octubre se está destapando. La humedad de las banquetas lavadas comienza a evaporarse y un cálido viento acaricia los techos de las casas. 
     Junto a la tienda de abarrotes, una vieja camioneta se estaciona en doble fila. Don Jorge barre el pedazo de su acera. Ya es un hombre mayor, robusto, con el rostro enjuto. Ha sido tendero la mitad de su vida; el tiempo suficiente para que se le note en la cara. Al ver la Ford que se ha detenido, vigila los huacales vacíos que ha dispuesto para que nadie se estacione frente a su fachada. Él nunca ha tenido coche, pero aparta el espacio para los camiones que le reparten la mercancía. 
     Un hombre calvo, casi de la misma edad de don Jorge, de espalda angosta y brazos delgados, baja de la camioneta. Con el rostro afligido camina arrastrando los pantalones, y la camisa se le sale del chaleco. Fuma, al mismo tiempo que revisa el motor de su auto. No muestra interés en estacionarse en el lugar de don Jorge, mucho menos en pelear.
     Don Jorge permanece de pie observando al tipo que tiene la camioneta que él una vez deseó. El hombre, con habilidad, conecta cables y aprieta tapones:
     —Yo nunca he arreglado uno —dice con amargura el tendero.
     Sin darse cuenta, sus pensamientos se ocupan en comparar su situación con el de la camioneta. Con coraje, invoca los suyos. Toda su vida dedicada a proveerlos, sin poder conseguir algo para él mismo. Viudo de una mujer con la que se casó por obligación y a la que odió por exigirle hasta la última gota de sudor.
     Ahora le quedan cuatro hijos. Tres de ellos pocas veces le hablan por teléfono, pues dos viven en Estados Unidos y otro en Zacatecas. Se han ido a formar sus familias olvidándose de él; aunque no puede negar que a veces le mandan algún dinerito para que se compre un regalo en su cumpleaños, el día del padre y Navidad.
     El hijo con el que tiene que vivir, “es un ingrato”, piensa don Jorge; no se ocupa de él. La esposa lo mantiene trabajando de tiempo completo en una fábrica de dulces. Llega a casa más tarde que todos, sólo para cenar y encerrarse a dormir. Pero no sin antes  preguntarle a su padre través de la puerta si está bien o necesita algo. Y don Jorge se hace el dormido. 
     Se siente abandonado, solo, y su hijo no le alivia la necesidad. De sus dos nietos ni qué hablar. José, el mayor, cumplió su sueño de entrar en la universidad y ya no está nunca en casa. Feliz con lo que tiene y lleno de proyectos, entre los amigos y la escuela, no hay tiempo para hablar con “el viejo” como le dicen. Aunque es verdad que José lo invitaba los domingos a ver el fútbol o alguna película, pero don Jorge siempre rechazó sus invitaciones, consideró que era un sacrificio inútil por parte de su nieto, pues intuía que sólo lo hacía por compromiso. 
     El tendero optó por encerrarse en su cuarto y no dejar que lo molesten. Obviamente las invitaciones de su nieto han cesado, y don Jorge, desde su perspectiva, confirmó que todo ha sido por lástima.
     Su nieta Alba es un poco más necia que José. Inmersa al igual que los demás en sus obligaciones cotidianas, destina el domingo para organizar su ropa, acomodar álbumes fotográficos y oír música. Para el tendero, oír los pasos alegres de su nieta por toda la casa, escuchar sus alocados ritmos o aguantar que por compasión inicie una charla con él para contarle sus planes, lo pone de muy mal humor. ¿A quién quiere engañar esa niña tonta?, se pregunta el tendero. Sabe perfectamente que también lo hace para burlarse de él o por la misma causa que José. 
     No esta dispuesto a recibir las migajas de su tiempo ni de su espacio. Su coartada para esquivarla abiertamente es encerrarse después del almuerzo y no salir hasta la comida. Los golpecitos de su nieta tras la puerta le martillean el cerebro. Casi puede ver la cara de burla de Alba cuando ésta le pide que salga a platicar o le ayude con tal o cual cosa. La puerta permanece cerrada y muda. 
     Alba ha insistido durante un tiempo, cambia los tonos de voz. A veces suplicante, a veces exasperada, otras tantas regañona; quiere que entienda que desea compartir sus proyectos con él porque lo ama y son una familia. Don Jorge, al oírla, siente acrecentar ese odio que nació cuando se dio cuenta de que su vida estaba declinando sin haber cumplido ningún sueño propio, absorto solamente en la tediosa rutina de darles lo necesario a los demás y subsistir.
     Los toquidos tras de la puerta cesaron el día en que todos se convencieron de lo que él ya sabía: un viejo puede ser tan desagradable y molesto como una piedra en el zapato.   
     El hombre que se había bajado de la camioneta, nervioso  saluda al tendero y lo saca de sus recuerdos. Éste contesta sin ganas, desconfiado, como siempre.
—Estoy buscando la calle de Sauce, ¿la conoce? 
—¿Qué colonia le dijeron? —contesta el tendero.
—La Consejo Agrarista, busco un taller mecánico que me recomendaron.
—Anda un poco retirado, debe tomar Periférico y antes de llegar a Tláhuac dobla a la izquierda; suba por esa calle y, pasando el Reclusorio Oriente, comienza la Agrarista.
—No, pues sí ando bien retirado y como que ya hace hambre.
—Pues también vendo tortas, si quiere.
—Ándele, sí. Prepáreme una de jamón, por favor.
—Ya le estoy dando, pásele.
—Aquí espero, para que no se la lleve la grúa. −dice el hombre, señalando la camioneta.
     El tendero entra en su negocio a despachar el pedido. Siempre de jamón, se dice, al tiempo que busca los ingredientes de costumbre. Hace la torta aburrido, casi con los ojos cerrados. Después de un rato, emite un grito desde adentro
—Está lista la de jamón.
     Pasan unos segundos, al no obtener respuesta, sale molesto para avisarle al hombre que ya está su torta. Pero afuera no hay nadie, la camioneta verde se ha ido con el tipo que tenía hambre.
     El tendero inspecciona el lugar: todo sigue en el mismo sitio, pero hay algo que sí modificó el rutinario panorama al irse la camioneta: don Jorge advierte que en la acera de enfrente hay una silla blanca de plástico, y sentado en ella está un anciano, como de noventa años; muy flaco y desnutrido, cubierto con una frazada azul.  A pesar de la tibieza del medio día, al anciano le han calzado guantes y unas sandalias. La pijama es de franela café y una bufanda le rodea el frágil cuello, como para mantener la cabeza en su lugar y evitar que caiga. Parece dormir plácidamente mientras el sol lo baña con su haz dorado.
     Don Jorge nunca lo ha visto por allí. Es un alivio tener familiares que lo procuren de esa forma, se dice, tal vez sea papá o abuelo de algún vecino. 
     El tendero siente envidia, desearía ser ese anciano al que cuidan con tanta amabilidad. Anhela estar allí en esa silla, descansando y reviviendo los momentos importantes de su vida, momentos que el tendero no encuentra por ningún lado de la suya. 
     Seguramente eso hace el anciano, vivir la vejez perfecta. Pero él, desde su circunstancia, no pudo vivir lo que ni siquiera se permitió soñar.  
     Repasa su realidad. Al llegar a casa, su nuera le servirá la comida que para él siempre está fría y seca, con suerte se acostará antes de que lleguen sus nietos, evitando así las preguntas hipócritas sobre su vida precaria. Para qué preguntar cómo estuvo la venta hoy, si bien sabe que eso es algo que poco les importa a ellos. Se recostará en su cuarto, verá la televisión a todo volumen hasta pasada la media noche y alguien le pedirá que le baje al sonido. Una sonrisa malévola se le dibujará en el rostro una media hora más. Finalmente la apagará sustituyendo el ruido del televisor por el de un vaso al estrellarse contra el piso o el interminable abrir y azotar de las puertas en plena madrugada, cuando simule ir a orinar. Siempre molesto, hasta de sus mismos planes. Tratará de dormir y se arrepentirá un poco de ser como es. Cerrará los ojos hasta las seis de la mañana del siguiente día y despertará de mal humor. Del mismo modo abrirá su tienda.
     Don Jorge desea saber quién es el de la silla, pero la curiosidad es amainada por la desconfianza. 
     Un cliente conocido lo rescata del ensimismamiento; don Jorge surte el pedido arrastrando los pies y los recuerdos. El resto de la tarde es normal, como cualquier otro día. Transeúntes fatigados caminan sin mirarse unos a otros, el tráfico en la hora pico es aturdidor; los ruidos ensordecedores de las bocinas lo atestiguan.
     Para don Jorge, la misma tarde de lunes, como cada lunes. Ve a la misma gente; siente el mismo hastío, la misma rutina, la misma venta, el mismo humor.
     La noche empieza a caer y con ella la temperatura desciende también. El silencio aterriza acompañándolos en una encomienda tripartita y cotidiana. A esa hora, todos estarán llegando a su casa; el tendero desea ya estar en la suya.
     Por ahora debe cerrar. Con chamarra y bufanda puestas, mete las cajas de refrescos, los utensilios de limpieza y apila los huacales dentro de su tienda. Baja la cortina con la agilidad que brinda la experiencia y coloca los candados  de alta seguridad.
     Un auto que pasa sobre la avenida ilumina las banquetas. Sorprendido, don Jorge se da cuenta que la silla blanca sigue ahí; abandonada con todo y su ocupante.


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