sábado, 5 de julio de 2008

Una dosis de chiquitolina


¿Por qué no soy cómo mi hija?

Siempre he sido una ridícula: Todo lo que significa despedida, dejar atrás, adioses y transición me humedece los ojos.

Kelsy terminó la secundaria. La ceremonia comenzó a las ocho de la mañana en punto. En la escuela flotaba el bullicio alegre de las alumnas que hoy concluían el ciclo escolar y empezaban sus tan ansiadas vacaciones de verano.

El programa: palabras de bienvenida por parte de la directora, entrega de diplomas a los promedios más altos y uno que otro reconocimiento para profesores. Hasta ahí, todo bien.

Las alumnas de primer año comandadas por el maestro de español recitaron una poesía rimada, de esas que tanto le disgustan a Teodoro Villegas pues afirma: “Esas recitaciones” son las culpables de que no avance la poesía en México.

Sin embargo, esas rimas decadentes, las canchas de básquetbol con su olor a tierra mojada y los aplausos y gritos estudiantiles me achicaron hasta el metro cuarenta y nueve de estatura, como al chapulín colorado con sus pastillas de chiquitolina. En esa involución permanecí por dos horas y media.

El final se acerca ya
lo esperaré serenamente
ya ves que yo he sido así
te lo diré sinceramente
viví la inmensidad
sin conocer jamás fronteras
jugué sin descansar y
a mi manera.

Con las guitarras un poco desafinadas y cuatro voces niñas, interpretaron el tema las de segundo grado. Caras desencajadas de las estudiantes de tercero: la canción expiraba cómo su estadía en la secundaría.

Yo fui cada uno de esos rostros adolescentes y estuve en cada abrazo apretado que se presiente como último. Los conozco bien. Es esa sensación de tener los pulmones desinflados y el diafragma paralizado, como cuando te dan un balonazo muy fuerte en el pecho.

Así se siente, sabes que no volverás a ver a alguien muy querido y con quien compartiste un tramo de tu vida.

Lo supe cuando me despedí de mi padre para no volverlo a ver jamás. Para ser exacta, fue un mes antes de terminar la primaria. ¿Qué no es lo mismo?, lo sé; lo dije al principio: lloro ridículamente con las despedidas.

Tal vez lloré, tal vez reí
tal vez gané o tal vez perdí
ahora sé que fui feliz
que si lloré también amé
puedo seguir hasta el final
a mi manera.

Cada fin supone un comienzo. A mi manera lo fui aprendiendo a los once años.

Una niña de tercero fue obligada por última vez a subirse las calcetas blancas hasta las rodillas. Su asesora le diría algo al oído, pues la niña también se bajo las mangas del suéter y se puso en firmes.

Entonces recordé la última vez que vestí de falda blanca tableada, el suéter verde con tres franjas grises en el brazo derecho y mis zapatos negros raspados de la punta; eso sí, muy bien boleados.

Finalicé la secundaria y comencé otra vida en un apartamento nuevo –medio viejo- y con la familia paterna toda muerta (o nosotros muertos para ellos, da igual la pérdida). Esa vez, sin abrazos y con el estómago lleno de lágrimas.

Puedo seguir hasta el final
Y a mi manera.

Al terminar el coro y como si estuviéramos en el concierto de Madonna: gritos hasta el desgañote, euforia, estruendosos aplausos; aproveché el alboroto para abanicar mis ojos y esconder la curva de mis labios hacia el suelo.

Siguió el emotivo cambio de escolta y la clausura oficial en voz de la directora: las niñas de tercero se quitaron por última vez el suéter escolar y lo mandaron a volar literalmente a las alturas como diciendo “se acabo”.

¿Y kelsy? toda serenidad, ella y su amiga Laura disfrutando la partida; sin sufrimientos.

Yo no la miraba, la admiraba por conservar como siempre la compostura: nunca la he visto aferrarse a las cosas, ni llorar desconsoladamente por algo que llega a su fin, ni siquiera el día que murió su abuelita.

Una prima le preguntó en aquella ocasión:
-¿Por qué no lloras Kelsy? ¿Qué tú no la querías?
A sus doce años contestó:
-Porque yo sé que no la he perdido. Ella sigue aquí conmigo.

¡Qué lección!

¿Por qué no soy como ella?

¿Por qué no puedo afrontar con temple las despedidas y las transiciones?
Bambi, el rey león y némo son algunas de las tantas películas que me hacen llorar; soy patética.

La gota que derramó el río:

A donde irá veloz y fatigada
La golondrina que de aquí se va
O si en el cielo se hallará
Extraviada
Buscando abrigo y no lo encontrará.

Estoy segura que era un acetato, pues se oía el ruido de la aguja toda sucia.

Parpadeé mil veces: algo molestaba mi ojo, a decir verdad los dos ojos. Una señora me sonrió como quien le sonríe a una niña que se raspó la rodilla.

Me caí muy gorda.

Los abrazos se deshicieron y las alumnas se dispersaron a las aulas para recibir sus certificados.

El aquí y ahora me sorprendieron. El efecto de la chiquitolina se revirtió y con mi uno cincuenta y siete de estatura recuperados me acerqué a mi hija y escuché:

-¿Por qué tu no lloras Laura?
-Porque yo lloro por otras cosas. ¿Y tú?
-Porque no me dan ganas. No tengo porque.

Y fui muy feliz. Comprendí que Kelsy a sus catorce años es muy afortunada. Acolchonada por Papá y mamá, con más ganancias que pérdidas en la vida. Clara, serena, fuerte: segura de saber que quiere y hacia donde va.

Junto a mi lecho le pondré su nido
En donde pueda la estación pasar
También yo estoy en la región perdida
OH cielo santo y sin poder volar.

¡Qué oso! ¿Por qué no soy como mi hija?

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