miércoles, 17 de septiembre de 2008

KILÓMETRO 29


Hoy, de regreso al Distrito Federal, revisé la señal de mi celular justo cuando pasé por el kilómetro veintinueve de la Autopista Cuernavaca- México. Ahí, en ese tramo de la carretera, me acordé de ella.

Tenía la cara dorada por el sol y las marcas de los tirantes de su traje de baño que se podían apreciar en su espalda descubierta.

Nos detuvimos a la altura de Chilpancingo: unas a comprar dulces de la región y otras querían ir al baño. Fue cuando la vi bajar de una camioneta Honda CR-V gris con placas del Distrito Federal. Regresábamos de Acapulco mis amigas y yo esa tarde de Junio.

Tendría unos trece años o a lo mejor menos. Calzaba unas sandalias muy coquetas y no traía suéter a pesar de que estaba lloviendo cuando nos bajamos de los autos. Su ropa era perfecta para la playa, no así para la carretera. Llevaba puesto un vestido estraple muy blanco y fresco, y su cabello castaño claro apenas le llegaba al cuello. Pude ver de cerca sus ojos verdes, pues nos vimos de frente al pasar por los puestos de dulces.

Durante todo el trayecto hacia México nos fuimos encontrando con la Honda. A veces me rebasaba, otras veces yo la dejaba atrás; casi veníamos juntas.

La lluvia cesó pasando Alpuyeca. Tomé el carril de alta velocidad para recuperar el atraso de tiempo que el aguacero provocó.

A las tres horas de camino oíamos a U2. Cerca del mirador, nuestro silencio era cansancio, las últimas curvas y estaríamos en la caseta de cobro.

Otra tormenta nos sorprendió. Bajé un poco la velocidad y regresé al carril derecho. Recordé que los frenos no responden igual con el pavimento mojado.

La Honda nos rebasó otra vez y se perdió entre las curvas. Iría a ciento cuarenta kilómetros por hora, pues yo casi iba a ciento veinte. La niña iba de copiloto.

Al salir de una curva peligrosa, vimos a cuatro hombres que corrían por el acotamiento en dirección a nosotros. Sus rostros se veían conmocionados. Con sus manos nos hacían señas que fuéramos más despacio y continuáramos por ese carril.

No tuvimos mucho tiempo en nuestra cabeza la duda de lo que había pasado. La respuesta llegó sola al salir de la siguiente curva. La CR-V gris, estaba impactada contra el muro de contención. Todo el frente de la camioneta estaba reducido a fierros retorcidos. Salía humo no sé de dónde.

Logramos pasar apenas rozando la defensa trasera de la Honda, sobre el costado izquierdo de mi camioneta.

Metros más adelante, sobre el pavimento mojado, la niña del vestido estraple blanco yacía inconciente. Los vidrios del parabrisas la rodeaban y había perdido una de sus coquetas sandalias. Sus brazos y sus piernas estaban en una posición que ningún contorsionista, por más elasticidad que tuviera, podría lograr.

Frente al cuerpecito ensangrentado de la niña estaba un señalamiento dónde se leía: “Despacio, setenta kilómetros por hora con pavimento mojado”.

Yo estaba al borde de un shock. Mis manos aferradas al volante sudaron el mar de Acapulco.

Consternadas buscamos los celulares para llamar a la ambulancia.

Seguí manejando con los ojos verdes de la niña clavados en mi parabrisas. Algunos celulares no traían señal. “Insistan”. –Les rogué, hasta que por fin Marcela logró la comunicación: “Hubo un accidente, por favor, urge que vayan al kilómetro veintinueve”. –La oí decir. Después, el silencio era tristeza.

Hoy me acordé de ella. Mientras mis hijas dormían en los asientos traseros y con el cinturón de seguridad bien puestos. Pasé por el kilómetro veintinueve, con el pavimento mojado como aquella vez, sólo que ahora el velocímetro marcaba sesenta kilómetros por hora. U2 estaba en la maleta y en el estéreo de mi camioneta sonaba un jazz.

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